SE ACABÓ EL CONCIERTO

TRINIDAD PINAZO

 

Pasaron horas como almohadones de pluma,
elásticas, ligeras,
nuestros cuerpos aún nuevos sobre lechos de seda.

Te saboreaba, pero ya me angustiaba la sucesión de notas
fugazmente arrancadas a la madera fría,
porque siempre me apena que apenas inventadas,
dulcísimas caricias recién ejecutadas,
pueriles caprichos o rabia empecinada,
vayan a ser pasto del aire, de la nada.

Terminado el concierto como todo se acaba,
acabada la magia de acordes entregados
y entregados los ojos y el corazón, templado
del temple de la mano al calor de la mano,
yo me dormí.

 

En la estéril inopia de tu melodía
soñé que ocupabas la silla vacía.

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