Lucía Díaz

LA COLINA

Deslizándose en el aire, vuela libre el pájaro,

hasta posarse en el copo de un árbol,

donde construirá el nido que será su abrigo,

y sus crías  protegerá de la intemperie,

cuidando así, la extensión de su especie.

 

Cual saltarín va la libre,

con su mueca juguetona,

que jugando al desafío junto a sus descendientes,

entran y salen de su cueva cómoda.

 

Las serpientes hacen lo suyo,

para no desaparecer en el tiempo.

Arañas, grillos y otros huéspedes de la colina

saludan al sol, alertas en todo momento.

 

los árboles, hierbas y flores,

embellecen cada rincón de la colina

y en paréntesis del invierno, 

dan frescura y oxígeno a todo tipo de vida.

 

La llegada del verano invita a un cambio.

La vida vegetal se prepara para otro ciclo.

Pasando del color verde al marrón,

la gran superficie cambia de vestido.

 

Algunos pájaros emigran,

la liebre se adapta junto a otros habitantes,  

pero los toma de sorpresa el fuego inesperado,

que acaba con todo en pocos instantes.

 

La colina su ropaje pierde,

quedando desnuda al arrase del viento,

que con su feroz soplido arranca su suelo

y desaparecen casi todas las especies,

dejando un gran duelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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