Alberto Escobar

Goliat

 

 

 

 

 

 

 

Apoyado sobre una barandilla,
en una banda del terrizo,
vencida a lo cotidiano de una
atmósfera plomiza, recibió un obús.

Su verde primigenió iba cediendo
a la herrumbre del agua llovediza,
hasta la amenaza del tétanos.

Era una tarde despaciosa, recuerdo,
ilustrada de compañías colegiales.
Un niño, de aledaño pupitre, de pelo
ensortijado, se mostró presa de
Dioniso hasta el proyectarse de una
arcillosa onda, hercúleo arrebato,
sobre su tierna sien derecha.

Raudo brotó ubérrimo manantial
que confundió en carmesí sus
infantiles vestiduras.

Sus pies fueron polvorosa hacia
la guardia de una escasa farmacia.
Un delgado dique de sutura y seda
detuvo el bíblico mar rojo.

Dios, que ya agasajara a Moises,
le llovió maná para venideras plagas.

A lo lejos, en la bruma del horizonte,
se esboza su tierra prometida.



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