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Yato (Cuento).

Yato

 

De entre los pueblos lejanos el de Yato es el más callado, el más largo y el más rabioso. Se van quedando solas sus casas y poquito a poco se llenan de polvo, telarañas y recuerdos. Pero Yato es la única que conserva las marcas de rueda sobre sus calles de tierra y graba. En los postes sin luz cuelgan los tendederos con poquita ropa hecha ya jirones y en algunos, muy al centro de Yato, está ese olor a cohete quemado y colgada esa tela de colores con la que celebrábamos las fiestas y a nuestros santos. Ya no tienen color, pero sigue ahí arriba.

Aquí se mete el frío por las paredes de madera hueca. El viento sopla fuerte en las noches como no queriéndonos dejar dormir por miedo a que se vaya a volar el techo. Y uno espera a que se tranquilice, a que se le cansen los pulmones, se le entuma la trompa o le duelan los cachetes y quiera dejar de soplar. Pero el viento sigue, él tampoco puede dormir.

¿Qué le puedo decir? Acá ya no hay nada, sólo vestigios de lo que alguna vez fuimos. Y lo que fuimos fueron huesos echados a las tumbas y de las tumbas quedaron unas lápidas mal escritas y de las lápidas pedazos de roca caliza. Pero no le voy a molestar con esto, usted no quiere escuchar esto, no tiene tiempo, no le voy a quitar su tiempo ¿cómo dio con este lugar? ¿se extravió? ¿siguió indicaciones erróneas? ¿creyó ver en un sueño algún halo de riqueza, de fertilidad en estas tierras? No, creo que no, aquí está todo seco, muerto, está para verlo y agarrarse a llorar en silencio porque ya no hay ruido que estremezca en esta tierra, sólo silencio. Y ese silencio lo puede notar uno cuando se acerca a Yato. Se piensa que está sordo, pero luego siente ese escalofrío y la piel se eriza, entonces se escucha el chasquido de los dientes y sabe uno que no está sordo. Lo sé, a mí me pasó.

Llegué con mi mujer. Le había dicho que iniciaríamos de este lado, que comenzaríamos a sembrar y a criar puercos. Y muy a duras penas vino. Veía a Yato como una cosa extraña, como un lugar donde no se hablara el mismo idioma o donde no había que pasar de noche.  Y mientras andábamos ella me decía “regrésate, déjalo ahí, ¿no ves que es tierra mala?”. Su voz trémula me golpeaba la espalda, sentía el peso de su miedo, de la duda incrustada en cada palabra suya y quería regresar, daban ganas de volver. Pero ella se quedó cayada y ya no dijo nada. La luna alumbraba azul la noche y el viento dejó de soplar, no se escuchaban las pisadas ni el respirar cansado al andar.  Me detuve para oír algo, troné los dedos y nada. Y sólo cuando mi mujer tropezó conmigo pude escuchar su quejido y ver las pequeñas casas que adornaban a Yato.

No pasó mucho tiempo. La siembra que teníamos duró poco. Metía uno las semillas dentro del suelo y sentía cómo le ardían los dedos. Quemaba. Yo no sé si el sol castigaba a la tierra, pero si usted hubiera venido antes, hubiese visto los cerros colorados y las rocas grandes que tenía Yato. No hay muchas cosas que ver por aquí más que el páramo, pero antes de que se enojara el sol había peñas enormes que adornaban el pedregal, cerros pequeños y colorados a los que mi mujer llamaba “jorobitas del mundo” y arbustos redondos. Ahora no son más que piedras amarillas y blancas que se rompen cuando el viento las roza, ramas secas hasta las raíces y cerros que no son más que montones de tierra.

Los animales se murieron porque se les acabó el alimento. El nuestro después. Sobrevivíamos con agua de río y haciéndonos un nudo al estómago que se convertía en hueco. A veces se comía, pero enserio a veces. La gente comenzaba a irse de Yato y otra se encerraba en casa. Se les veía cerrando la puerta de golpe y no se sabía nada de ellos sino hasta los tantos días, cuando los sacábamos a rastras, oliendo a ese hedor que dejan los muertos. Lo que nos avisaba que había que enterrarlos. Y mi mujer me decía a cada rato y en cada velorio que no quería terminar así.

Un día no la encontré en casa, regresaba del río con cubetas y cuando vi que no estaba supe a dónde se había ido. La encontré a las afueras de Yato. Al principio pensé que era cualquier persona, pero ella cuando camina pisa chueco y le reconocí el andar. “¡Lupe!” le grité “¿a dónde vas?” “a morirme a otro lado” me dijo “porque aquí no pasa ni la muerte y Dios no llega tan lejos”. “Regrésate, canija” le grité. “No” me dijo “no quiero regresar, me da miedo volver, seguir allá”.

“Me cansé de comer ansias y andar tragando agua que me sabe a pura pena para al final andarla tirando a lágrimas. Bien te dije que era tierra mala, pero ¿qué querías, Anastasio? ¿qué viste en Yato? ¿quién te llenó de marañas la cabeza y te enseñó el camino para venir aquí? ¿a quién le quieres demostrar algo? ¿o es que sólo quieres tener un tramo de algo? ¿sentirte dueño y llamarlo tuyo? Pues entonces te dejo con él. Porque yo no quiero que me mate un lugar que me da miedo y que me deja un dolor aquí en el pecho, cerca del corazón”.

Le grité tantas veces pero no volteó. Mi voz repetía su nombre y ella seguía caminando como mula sin inmutarse o alentar el paso. Ya no le importaba o tal vez estaba sorda. Sentí un coraje en el estómago que se me fue arrastrando, calando en las entrañas hasta llegar a la garganta y, viendo el punto a la distancia en el que se había convertido le grité: entonces que te mate el desierto.

Por la noche se escucharon los coyotes. Los oí aullar anunciando su presencia, marcando el miedo quizá a las mujeres o a los más pequeños, pero no había nada qué temer. Llegaron tarde. Se pasearon por las callejuelas, se detenían en las esquinas, arañaban las puertas, entraban a las casas buscando qué roer, algo con qué darle el gusto a la barriga, pero no encontraron nada. Ni un aroma para hacerse a la idea de saciar la hambruna. Quedaron flacos, con el pellejo colgando de sus huesos y el rabo entre las patas. No sé si salieron de Yato, pero a veces, cuando uno pasea por estas calles puede ver por el rabillo del ojo, una pequeña sombra escondiéndose en algún rincón, gruñendo. La última vez que aulló el coyote quién sabe si fue un aullido de hambre o un chillido de tristeza. Si usted los oye alguna vez, hágamelo saber, que llevo tiempo sin saber de ellos.

Y discúlpeme otra vez por hacerle perder el tiempo contándole todo esto. Podría decirle desde cuándo estoy aquí, pero en Yato el tiempo se secó o murió de frío, así que no sabría decirle cuánto llevo solo. Y podría decirme que me puedo ir, levantar estos pocos huesos que me quedan y caminar lejos, pero no es así. Estoy viejo, apenas puedo verlo a usted y desconozco el mundo que dejé atrás al entrar a Yato, no me pregunte si me arrepiento, porque me hará llorar. Aunque aquí es lo único que se aprende a hacer, con lo que se puede distraer. No hay nada más. Teníamos un puente que cruzaba al río, ahí me la pasaba escuchando el correr del agua y de mis penas. Pero el puente ya estaba viejo y se notaba desde hacía mucho que se iba a caer. Muchas cosas están viejas, pero uno lo está también y lo que queda es intentar vivir o morirse más lento.

Ese mismo río del que le hablo ya no tiene fuerzas, se llevaba a las vacas entre sus corrientes de furia, pero ahora sólo moja hasta los talones. Y si uno se cae, basta con levantar tantito la cabeza para poder respirar. No falta mucho para que ese río se convierta en una pequeña línea mojada. Y si se va ¿qué quedará? Aprende uno a llorar, es cierto, pero yo lloro de coraje y de tristeza por mi mujer quizá muerta, quizá desaparecida y no puedo llorar por el río. No lloro a mares, tengo las lágrimas contadas. Qué triste es tener tantos días y tan poco llanto.

Y es que uno ya no sabe qué hacer con Yato, porque su cielo dejó de ser claro y se llenó de nubes grises y ventarrones de polvo. Óigalo ahí, ¿no lo oye? No hace falta levantar la oreja ni abrir la venta, ahí está afuera, se escucha. No me diga que no lo oye. Tampoco me diga que busca sacarle provecho a esta tierra árida, así como yo. Que busca trazar nuevos caminos, crear su propio hogar. A lo lejos Yato puede parecerle una oportunidad, hay algo que lo llama a uno. Lo sé, pero mire el camino, el yermo sobre el que anduvieron sus pies, ¿no sintió el sol marcándole la espalda? ¿el silencio no le dijo nada? No le busque valor a este lugar muerto, olvidado, donde sólo se siente un sabor amargo que no se pasa ni con agua.

Pero si se siente afortunado, si cree que tiene suficiente suerte como para levantar este lado ajeno del mundo, adelante. Ande por sus caminos y vea los retazos y girones de lo que quedó aquí. Cúbrase de polvo y escuche el murmullo del viento. Pero no se olvide que yo se lo advertí.

Aquel hombre que lo escuchaba se puso de pie cuando el otro ya no dijo nada y sólo se escuchaban sus sollozos. Se sacudió las ropas y el cabello y mirándolo al viejo de piel tostada le dijo:

-Voy más hacia el norte. Sólo ando de paso.

 

 

 

Tecate, diciembre del 2018



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