Christian Alondra

Sonrisa de pobreza

Los alumnos se burlaban

del profesor de matemáticas.

Que le faltaban dientes, contaban

o siempre se le escapaba

un “fuistes” o “dijistes” en el aula.

 

 

Los adolescentes, crueles,

de “naco” lo catalogaban.

Acostumbrados a vacacionar en grandes hoteles.

Nunca pudieron colocarse

 en la vida de ese profesor

o dentro de sus pieles.

 

 

Hasta que un día,

como parecía ser otro más.

Un alumno pretendía burlarse,

levantando la mano en medio de la clase,

y dirigió su voz al maestro preguntándose:

¿Por qué le faltan dientes, profesor?

¿Acaso en alguna pelea usted perdió?

 

 

El salón estalló en murmullos,

algunos tenues como arrullos,

otros resonantes y burlescos.

El maestro, sin saber qué hacer,

aguardo unos instantes 

antes de responder.

 

 

Con la voz quebrada y nerviosa,

el profesor Humberto 

nos contó su historia.

Supimos que no era cualquier cosa,

por la transformación tan severa 

de su rostro.

 

 

“Cómo habrán de percibir,

provengo de una familia humilde, con carencias, muy pobre.

Mis padres no saben leer ni escribir

y con tal de que saliéramos a flote,

colocaron a mis hermanos y a mí 

sobre todo.”

 

 

“Mi padre trabajaba día y noche.

Caminábamos más de 5 kilómetros a diario;

el mayor sueño de mi padre era comprar un coche.

Mientras que mi madre se rompía la espalda barriendo y trapeado”.

 

 

“Muchas veces comíamos sólo una vez al día,

por lo cual nunca estuve bien nutrido.

Desde muy pequeño el cabello y los dientes se me caían,

y jamás crecí lo que pude haber crecido”.

 

 

“Hasta que fui mayor

y logré graduarme en matemáticas,

pude entender todo el valor

que ese título significaba.

Sentí que esa dicha de enorgullecer a mis padre,

superaba todas las pasadas problemáticas”.

 

 

“Ahora mis padres ya han muerto,

sin embargo no olvido lo que con tanto esfuerzo

dejaron imborrable en mi memoria.

Su coraje, su fe incansable en sus hijos

y la mejor anécdota de amor en la historia”.

 

 

El salón permaneció en un silencio sepulcral,

con los ojos abiertos de par en par

y el alma carcomida de arrepentimiento,

experimentando una mezcla extraña de sentimientos

que nadie pudo nunca describir.

 

 

Sólo sabemos que a partir de ahí,

nadie volvió a burlarse,

ya fuese por compasión o remordimiento.

Y esa sonrisa, sin dientes 

y con falta de nutrientes,

jamás fue vista de la misma forma.

Comentarios2

  • El Hombre de la Rosa

    Muy gratificante y hermoso tu poema estimada Alondra
    Un placer visitar tu portal.
    Saludos de amistad
    El Hombre de la Rosa

  • anbel

    La crueldad no tiene límites.
    Un abrazo.



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