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El vacante (Cuento)

26/04/16

 

 

El vacante

Para Luis Carlos 

 

Aquel día ya era tarde.

El sol se ocultaba entre las montañas lejanas y el cielo, con sus relieves anaranjados, comenzaba a desvanecerse para dar bienvenida a la negra noche. A diferencia de los demás anocheceres, esta vez llovería. No había pasado tanto tiempo y no había caminado demasiado, cuando la lluvia cayó sobre toda la ciudad. Al no tener abrigo, sombrilla, ni el dinero suficiente para pedir un taxi, lo más inteligente que pude hacer para resguardarme fue entrar al café del estudiante; una pequeña cafetería entre la calle Turcios y Rodríguez. Curiosamente, el único establecimiento entre los grandes edificios que adornan la ciudad. No obstante, a pesar de su singularidad, la mayoría de las personas prefieren visitar el edificio Dalton y su piso dedicado a la comida y bebidas; Es un lugar alegre y animado pero que no se compara con la quietud, el tono acogedor y discreto que tiene la larga barra de aquel singular lugar. 

Por la hora que era y el clima que había, el café se encontraba vacío sin contar a sus empleados: Fermín, el cocinero y dueño del lugar, quien escuchaba el futbol por aquella radio vieja que compró desde que abrió el establecimiento; Mariana, su esposa, sentada tras la barra secando su cabello canoso, presa de la lluvia que la había tomado por sorpresa cuando salió a tirar la basura.

Saludé a Fermín a la distancia y a Mariana como de costumbre, le pedí lo de siempre: un café negro, sin azúcar y cinco galletas a su elección. Ella sabía que normalmente hacía esto cada que iba a esperar algo, alguien o simplemente para reflexionar, o como ella decía, perder el tiempo. Las vacaciones estaban próximas, así que sólo tenía que ir a la universidad a recibir calificaciones o entregar trabajos finales, no era de sorprender que Mariana me encontrara ahí seguido.

-“En un momento te lo llevan, hijo, hace frío, ¿no?”. Decía mientras se torcía el cabello. Asentí con la cabeza y busqué mi lugar de siempre.

Mi espacio predilecto era una mesa para dos, a un lado de la ventana que da hacia la calle, cerca de los baños. Todo esto gracias a un trauma de la niñez el cual consistía en que cada comida, ingerida fuera de casa, me provocaba una fuerte indigestión y yo, al ser pequeño y de estómago débil, siempre terminaba por hacerme en los pantalones. Incluso Mariana tuvo que limpiar mis desperdicios algunas veces. Fue ella quien me sugirió este lugar, imagino que para ahorrarse la limpieza y a mí la vergüenza.

Mientras preparaban el café, decidí echar un vistazo por la ventana y perder ahí la mirada. Afuera yacía oscuro, hacía frío, la noche olía a tierra mojada y las gotas de lluvia se estrellaban en la ventana. Sobre los canales de las banquetas se formaban pequeños arroyos que arrastraban colillas de cigarro, piedritas, hojas secas y demás basura que en ellos cayeran. Un gato gris se encontraba debajo de un coche, tratando desesperadamente no empaparse más de lo que ya estaba. Los faroles estaban encendidos y alumbraban la calle con una densa luz naranja y amarilla. De vez en cuando pasaba algún coche sobre la carretera y con violencia arrasaba el agua que en ella había. Sólo para entonces volverse a formar aquellos charcos.

Allá enfrente, a la izquierda del farol más viejo, una pareja se encontraba abrazada bajo la lluvia. Ella era más pequeña que él, inclusive en comparación con otras mujeres de estatura normal. Delgada, morena y en su mirar se veía la inocencia que recae en la dulzura. Mientras que aquel era alto, ancho, elegante, como el águila puesta sobre un árbol, esperando emprender el vuelo. Aquella lo miraba con el cariño que su rostro podía expresar y él, a pesar de verse tan serio, asentía a sus miradas. Uno podría decir a simple vista que eran el uno para el otro. Y, pese a estar callados, hablaban en un lenguaje que hacía tiempo olvidé. La lluvia los cubría y a ellos no les importaba. Él tomó la pequeña cadera de su enamorada y ella, con sus brazos, envolvió el cuello de su amado. Se besaron. Entonces el hombre le ofreció su brazo y la mujer lo tomó, se fueron a prisa, riéndose, como dos niños después de hacer alguna travesura. Los seguí con la vista hasta perderlos entre la oscuridad y la lluvia, sonreí un poco al ver la escena que acababa de pasar, me recargué en el asiento y por un momento me sentí muy solo. En ese instante el sonido de la porcelana en mi mesa me devolvió al restaurante.

-Aquí tienes tu café y galletas, Carlos, provecho.

-Muchas gracias, Sara.

Sara era la hija de Fermín y Mariana. Nos conocíamos desde niños, llegamos a besarnos una vez detrás del café, pero el tiempo, la madurez y las ideas nos distanciaron. Entré a la universidad y ella entró al pequeño trabajo familiar. Con el tiempo, Sara heredaría lo que sus padres iniciaron y se casaría con un hombre que pudiera mantener o expandir aún más el negocio. En eso se convertiría ella, en una mujer de buena herencia. Hermosa, de voz dulce y de maravillosa sonrisa, Sara era perfecta como mesera. Tenía esa cualidad de poner nerviosos a los hombres con sólo verlos, a las mujeres hacerlas sentir como si estuviesen hablando con una muy íntima amiga y apaciguar a los niños empedernidos al llanto.

Culpo a mi hombría y un poco a mis deseos, el haber estado viendo las posaderas de Sara en cuanto ésta me dio la espalda. En defensa, sólo puedo decir que ella ya no era la niña de dientes chuecos que conocí hacía años. Ahora era toda una mujer; piernas largas, caderas anchas, muslos firmes y senos que no son fáciles de ocultar a la vista. En verano, su uniforme de mesera era abierto, dando a mostrar las pecas de su espalda color vainilla. Un poco cubiertas por su cabello castaño. Me perdí en la belleza y femineidad de su cuerpo; cuando la escuché por primera vez.

-Por favor, DEJA DE VERLE EL CULO; LLEGAS TARDE.

Frente a mí, una mujer se encontraba sentada, mirándome con hastío. No supe cómo ni en qué momento llegó ahí. Supuse entonces que estaba en el baño y tomó asiento mientras me distraía con Sara.

- ¿Disculpa? - Le dije un poco ruborizado, con la esperanza de que Sara no hubiese escuchado aquel comentario.

-Dije que llegas tarde.

-Lo siento, pero no sé a qué te refieres, ¿tarde a qué?

-A la entrevista de trabajo.

- ¿Trabajo? ¿Cuál trabajo?

-Por favor, Carlos. Se supone soy yo quien hace las preguntas.

- ¿Carlos? ¿Cómo sabes mi nombre?

- ¿Porque Sara te llamó así? - Preguntó aquella mujer sarcásticamente, levantando una ceja-. Además –añadió-: te conozco desde hace mucho tiempo, incluso hace dos años estuve contigo y tu familia.

Traté de recordar mi vida hace dos años, ¿qué hice?, ¿Qué nueva gente conocí en ese tiempo? Por más que intentaba, su rostro no aparecía en mis recuerdos. Sólo rememoraba los sucesos que más relevancia tuvieron: la fiesta de graduación de mi hermano, salidas con amigos, el nacimiento de mi hermana Clarissa y la muerte de mi padre.

-Perdón, pero no te conozco.

 Le dije un poco nervioso.

-Claro que me conoces. Todos me conocen, es más; podría decirse que soy amiga de todos, pero muy en el fondo les da miedo decirlo. - Decía con una sonrisa burlona mientras tomaba una de las galletas que había en el plato.

Aquella mujer era delgada, de piel muy pálida como la de un muerto. Tenía unos labios finos, de un color púrpura, como si tuviesen frío. Su cabello era corto y descuidado, rebelde se podría decir. Sus ojos de gato eran de un negro tan profundo que parecía que brillaban, su mirada era rebelde, atrevida y seductora; justo como su sonrisa. Pero había dos cosas que debo resaltar de esta mujer: la primera, era que cada vez que hablaba, aparecían y desaparecían unas pequeñas venas verdes y otras azules de su cuello; la segunda tiene que ver con un humo diminuto que salía de ella, como si algo se quemara en su interior, pero esta humareda era pequeña, como la de un cigarro o el vapor que emana del cuerpo al hacer ejercicio. Sin embargo, no era de importancia en ese momento.

-Yo estuve con tu padre, Rogelio, cuando dio su último respiro y después expiró, ya sabes, en cama. Ahí estabas tú, tu hermano, tu madre y tus tíos. -Dijo mientras morusas caían de su boca al masticar.

Por el modo en cómo lo dijo me ofendí. Estaba a punto de marcharme cuando después agregó:

-También estuve con Bernardo el día del accidente de auto, cuando por venir borracho y jugando al macho se estrelló contra otro coche. Estuve con tu tía Felicia, en el cuarto de hospital, justo cuando el cáncer terminó por fulminarla. O con Berenice, tu prima; ambas estábamos en su recámara cuando ella decidió tomar la navaja y cortar sus muñecas. Y tu tía que, por más que trató de abrir la puerta, le fue imposible. Aunque pudo haberse tomado todo el tiempo del mundo para encontrarla, pues había llegado tres horas tarde y de no haber sido por la sangre saliendo debajo de la puerta, no le hubiera hecho caso a su hija. Lo mismo con Alberto, que, enfermo de su vida y de no saber qué estaba haciendo con la misma; decidió irse. Estuve con él y con muchísimas personas más alrededor del mundo y durante mucho tiempo.

Un escalofrío recorrió mi espalda. No sabía qué decir en ese momento. Traté de no creer en nada de lo mencionado, pero había sido precisa y me fue difícil no creerle. El funeral de Berenice fue privado, no se hablaba de ello dentro o fuera de la familia. De Alberto siempre se pensó que fue homicidio, hasta que aceptamos lo que él se había causado. Pensé que todo era una broma de mal gusto, pero fue ahí cuando tomé en cuenta sus venas, los labios y el vapor que emanaba de su cuerpo.

- ¿Viene por mí? - Le pregunté mientras me recostaba en mi asiento. Sentía el corazón golpear mi pecho con fuerza y mi respiración era onda, mi garganta estaba seca, las manos me sudaban y los nervios me hacían apretarlas. Pensaba en correr a pesar de que apenas podía mover las piernas y ni siquiera se me había ocurrido, si eso serviría de algo.

-Ah, por favor- Respondió mientras se llevaba la mano a la frente. - ¿Qué te acabo de decir? No, no vengo por ti. Vengo a entrevistarte. Y no me hables “de usted”, la gente cobarde siempre utiliza formalismos cuando se refiere a mí. Tratan de dar la mejor y última “primera impresión”.

Curiosamente sentí un alivio que ella notó sonriendo. No era de esperar que me pusiera nervioso. Aún después de conocer su identidad no dejaba de verse femenina y sensual. Los hombres siempre han temido a las mujeres conscientes de su belleza. No hay palabras que puedan hacerlas temblar porque cada una éstas, sería algo que alguna vez ellas recordaron escuchar y sólo responderán con una sonrisa cordial.

Desvié la mirada hacia la ventana y me acomodé de nueva cuenta en el asiento, tomé un poco de café y después de un silencio pregunté:

- ¿Qué clase de trabajo?

Ella tomó mi taza y bebió empinándosela. Pequeñas gotas de café se derramaban entre sus labios haciendo caminos delgados que pasaban por su cuello, hasta llegar a sus pechos. Terminó de beber y suspirando respondió:

-Para el mío ¿Cuál más?

Me quedé callado. Incluso en la pequeña adrenalina que provocaba la situación, podía pensar claramente en la clase de labor que ejercía, era claro. Pero necesitaba estar seguro; tal vez se refería a otra cosa, quizá no escuché bien.

- ¿Y qué es lo que haces?

-Como si no supieras lo que hago: aquí, allá, tomando, buscando, esperando,  viendo, escuchando; hay que estar atento, eso sí; o se pueden escapar.

- ¿Quiénes? - pregunté.

-Las almas.

- ¿Y se han escapado alguna vez?

-Nunca se me escapan- respondió.

- ¿Y desde cuándo has hecho esto?

-Ah, no me hagas esa clase de preguntas, me haces sentir vieja- decía riéndose-. Pero te diré que desde la primera luz que apareció en lo más oscuro, yo ya estaba laborando.

Parecía un niño. Sentía que cada una de mis preguntas tenían una inocencia que ella podía notar. Callé para esperar algún otro comentario suyo, pero no decía nada. Volvía a mirarme con sus ojos negros mientras sonreía. ‘’ ¿En qué estará pensando?’’ me preguntaba. Miré la mesa, después a la ventana, moví los dedos de la mano esperando una respuesta: nada. Vi la taza, sus manos, a ella de reojo: no respiraba. Era obvio que no respiraba. Después de un momento de lucidez, vino a mi mente la pregunta que desde un principio debí hacer.

- ¿Por qué renuncias?

Cerró los ojos, suspiró y sonrió de nuevo.

-Bah, no es tan complicado. Después de mucho tiempo cualquiera se cansa de lo mismo. Uno creería que el tiempo es una cosa inventada por lo hombres para controlar los días, pero pasa que esa invención no controla nada, daña a lo que no se puede ver, lo vuelve eterno, y lo eterno está condenado a lo monótono, al hastío. De repente todos los rostros se ven iguales y parecería incluso que todos son uno. Ya no me causa ni siento placer por quienes voy, me son indiferentes. No existe el día ni la noche. No hay nada para quien es perpetuo. Estoy atada a un fin que nunca llegará. Y me dirás tú que puedo darle la espalda, ignorar este asunto. Pero por más que continúe, por más ánimas que me lleve, existe este hastío que crece cada vez más. Y yo ya estoy cansada de esto, creo que una eternidad trabajando fue suficiente.

Miró hacia a la ventana, su mirada dejó de ser retadora y se perdió en las gotas que caían sobre la ventana, tenía la taza entre las manos y pasaba el dedo haciendo círculos dentro de ella.

- ¿Qué es la lluvia, si siempre la veré igual?

 Estaba anonadado.  No sabía qué responderle ¿qué es la lluvia para alguien inmortal? ¿Para alguien que ha visto infinidad y que verá infinidades más? Sentía que debía decir algo, pero ¿qué? ¿Qué decir? ¿Cómo podría apaciguar aquella inquietud de mi acompañante? Comprendí que no podía hacerlo y en ese lapso de silencio se me ocurrió preguntar.

- ¿Por qué yo?

-Fuiste recomendado- me dijo.

- ¿Recomendado? ¿Por quién?

-Por el primer candidato.

- ¿Hubo alguien antes que yo?

-Sí, tampoco te creas tan especial. Si se necesita dejar el trabajo, se tiene que tener un amplio catálogo de aspirantes. No son muchos, pero tampoco son escasos.

- ¿Cómo nos seleccionas?

-Es curioso. De antemano conozco el fin de todos y cada uno de los hombres; lo llevan escrito en la frente. Aunque a veces se da el caso de individuos a los que no puedo verles el final. De vez en cuando vislumbro algo, pero es muy opaco que apenas y puedo tener en cuenta el momento en el que se tienen que marchar… o quizá no se deban marchar, tal vez son eternos, no lo sé. Me gusta pensar que así es, personas que son ajenas al tiempo, por eso los selecciono. De cualquier manera, creo que ya dije suficiente o por lo menos lo que hasta ahora es menester. Eso nos lleva a la entrevista, que no es más que una simple cuestión, Carlos.

Poniendo sus codos sobre la mesa y cruzando los brazos, acercó la cabeza como buscándome algún defecto, entonces preguntó.

- ¿Estarías dispuesto a tomar mi trabajo? ¿Dejarías todo lo que tú eres, volviéndote ajeno al mundo? Creo que te puedes dar una idea de lo que es ser inmortal y los males que conlleva ¿Qué dices? ¿Aceptarías?

-Yo… no lo sé- dije-. Aún tengo muchas preguntas.

-Se responderán cuando tomes el vacante. Sabrás todo lo que sé y verás todo lo que yo veo.

Recordé a mi madre, mis hermanos, amigos, Sara, incluso en los que sólo conocía a simple vista. Estaría con ellos en su momento final. Sería lo último que verían, ¿reconocerían mi rostro? Esta cara familiar. Recordé a mi hermana, dudo mucho que tuviera memoria alguna sobre mí. Pensé en mi vida, mi futuro, mis estudios. Mi huella en el mundo aún no había nacido. Pero ¿quién era yo comparado a las miles de marcas que han dejado y dejarán personas de renombre? Me sentí diminuto. Después pensé en el morbo de la inmortalidad. Podría conocer a demás personas ilustres, ser testigo de miles de eventos importantes, el espectador de un mundo creciendo, el observador de sucesos; conocer todo desde el principio y estar presente en lo que ocurriría al final. ‘’El fin que no llega’’, pensé. Si me sentía igual que ella, bien podría buscar un reemplazo ¿toda esta escena no es un claro ejemplo? ¿Y si ella es el reemplazo fastidiado de alguien más? “Incluso estaría haciéndole un favor al tomar tal inusual empleo”, me dije. “Terminaría con su aburrimiento, su pequeña frustración creciente”.

-Carlos.

-Sí- dije sin pensar.

- ‘’Sí’’ ¿qué? - me preguntó.

-Acepto el empleo.

Nos quedamos callados. La lluvia golpeaba en la ventana, no lo había notado antes, pero la música del radio sonaba en el café. El rugido del motor de un auto pasó por la calle alumbrando con sus faros amarillos.

- ¿Es tu respuesta definitiva?- preguntó.

-Sí- le respondí.

-Carlos- dijo acomodándose en el asiento; ya no sonreía-. ¿Estás consciente de lo que dejarías atrás? ¿A lo que te atienes?

-Sí.

-Está bien.

-Entonces ¿dónde firmo? - le dije bromeando.

-Bésame.

- ¿Qué?

-Que me beses- decía volviendo a sonreír.

-Yo, ¿enserio?

-De todo lo que hemos hablado ¿esto es lo que más te asombra?

No respondí. Se acercó a la barra, sus pechos se aplastaban en la mesa. Levantó el mentón esperando a que yo hiciera mi parte. Me acerqué, olía a tierra mojada. La besé. Extrañamente sus labios eran cálidos y suaves al igual que sus manos al ponerlas en mis mejillas. Tenía tiempo sin besar, y sin que me besaran así; profundo y largamente. De pronto sentí un frío que me recorrió la espina de la espalda; sentí que se me cerraba el pecho junto con un calambre del lado izquierdo. No podía abrir los ojos. Sentía mi cuerpo aplastarse, entumecido de las extremidades. Estaba inmóvil en la oscuridad, no en la del café del estudiante, en otro lugar. Entonces, dejé de escuchar mis intentos por respirar, de sentir. Después nada.

Aquel día ya era tarde.

Mamá estaba en el jardín cortando los últimos rosales secos, la mayoría no le sobrevivieron el invierno y aprovecharía para plantar girasoles “crecerán más fuertes que los rosales” decía a mi hermana la última vez que ésta la visitó. Tenía ochenta y cinco, pero aprendió a vivir sola en el caserón antes de que mi último hermano se casara.

La volví a ver cuando sintió el hormigueo en el brazo izquierdo. Ya le había avisado con anterioridad, pero esta vez era más fuerte. Las tijeras cayeron a un lado y ella al otro. Con una mano apretaba su pecho, pero no lucía desesperada. Estaba preparada.

-Carlitos- me dijo.

-Mamá- le dije-. Te ves hermosa.

-Sólo se muere una vez- me dijo.

Y se fue conmigo.

Afuera llueve, por la ventana se puede ver al café del estudiante, ahí fui por Fermín cuando resbaló con aceité y se rompió el cuello. Ahí vi a Sara crecer y heredarle el negocio a un sobrino, nunca se casó. Se quedó sola y en soledad me la llevé.

Ella se mantiene respirando mediante una mascarilla conectada a un pequeño tanque verde. Pero sabe que ya no podrá hacerlo por sí sola y la idea de una máquina le incomoda, le da miedo. Sus arrugas le añejaron la piel y su cabello sigue cayéndose a pesar de no levantarse de la cama. 

Estoy a un lado de la cabecera, recorro con la vista las fotos del estante que denotan mi ausencia; los años que perdí. Espero que deje de esforzarse y entienda que, su tiempo, que a mí me vuelve inmortal, ha acabado. Espero a que me vea e intente acordarse de mí. Aquí con Clarissa, para decirle lo mucho que la he extrañado y, al final, llevarla con mamá.

 

México, 2018

Comentarios1

  • Moaa

    EL FAVORITO definitivamente... ¡Felicidades Escritor!

    • 40

      Uff, espero se hagan más favoritos jaja
      ¡Muchas gracias a ti por leerlo!



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