Rafael Parra Barrios

La Voz de Mamá desde el Cielo!

Exégesis de un sueño

La Voz de Mamá desde el Cielo

A mis hermanas y hermanos!

     Dormía en la plenitud del conticinio, cuando escuché su meliflua voz. En medio de acordes celestiales sentí el aroma de su ser, el esplendor de su querer y la calidez de su bendición. Supe entonces que soñaba con Mamá. Vi su rostro mariano, puro y vivaz, como aquel que nos regaló, en ocasión de celebrar su octogenario aniversario. Lucía serena e inmaculada, cuando su epifanía, de su faz fulgurante, emanó.

     La liturgia celestial, con Mamá en rol estelar, dirigida a su familia, principalmente a sus hijos, poetizaba la noche y la extasiaba de fervor, en tanto la luz de su prosa, indicaba el ritual a honrar: “Hijos! Recuérdenme por el regalo de amor que unidos nos dimos, por las fraternas vivencias que compartimos, por la fe, la paz y la concordia que enarbolamos, por el respeto que como familia tejimos y por la obra que juntos realizamos”. Pinceló, a la par, sus bocetos católicos y llenó de candilejas la ruta que alumbraría los pasos a seguir por su familia, a partir de su vuelo hacia la eternidad. Expresó en esos instantes santos, ideas para trascender en la evocación de su vida, las cuales interpreto y desarrollo a continuación:

  • Cumplí mi ciclo: El final, hijos míos, fue un subterfugio de la vida para acelerar mi encuentro con Dios. Había cumplido mi ciclo, y estaba sobregirada en el tiempo que me correspondía estar en la morada terrenal. Vivía el dilema de estar con ustedes o irme al Reino de Dios. El destino y el llamado de El Señor se hicieron presente ese sábado y prepararon el camino para mi ascenso a la vida eterna. Eso es lo esencial y así lo deben comprender. La historia y el legado que hicimos con nuestras manos, desde que fundamos esta insigne familia, bajo los designios del Todopoderoso, debe prevalecer, y constituyen a todo evento, los estandartes que con identidad y hermandad, deben lucir, rememorar y fomentar.
  • El Reino de Dios: Disfruto la paz del Señor. El Reino de Dios es una instancia paradisíaca, impregnada de amor e igualdad, en donde oramos por un mundo mejor y por una familia unida. Desde acá los bendecimos!
  • El Reencuentro: El reencuentro con mis seres queridos, Papá, Mamá, Parra, Andrés, Antonia, Andresito, entre otros, en el Palacio Celestial, es una bendición de Dios. Estamos con Ustedes y llegará el momento en que nos volveremos a ver. Oramos para y por todos los seres que amamos.
  • La Alegría: Siéntanse alegres. Superen el dolor y mantengan la dicha de la vida que sembramos con vocación hogareña. Desde la mansedumbre del cielo les digo, que mi mayor regocijo es que me recuerden con amor y alegría. Celebren con actitud positiva, el hecho de que estoy en paz y pendiente del destino de cada uno de los integrantes de la familia. Que el alborozo esté por encima de la aflicción, y si, en algún momento, adviene la tristeza, respondan evocando los momentos de júbilo familiar que juntos disfrutamos, soñando nuevos y fructuosos caminos.
  • El Amor y el Perdón: Como mujer católica, practicante de la fe, el amor y el perdón, confronté el odio con amor y las malas acciones con bendiciones. No sientan rencor hacia nadie; al contrario, cultiven el cariño e icen las banderas de la unión familiar. Para nada sientan ningún tipo de culpa o remordimiento por mi partida. Saben que los amé y los seguiré amando sempiternamente como eran, y si hubo alguna falla, en vida los perdoné. Más bien les presento mi gratitud por el amor infinito que me brindaron. Me vine orgullosa de todos. En cada momento de mi vida estuvieron conmigo y me dieron múltiples satisfacciones. Los llevo en mi corazón! Que Dios los bendiga!
  • La Unión Familiar: Si para algo los formé, fue para la unión familiar. Saben que no me gustaban las peleas ni las discordias. No pierdan ni un minuto de sus vidas en reproches ni en condenas. Dedíquenle tiempo a la tolerancia y al reconocimiento reciproco. Todos son diferentes, pero entre sí, se complementan y forman una gran familia. Enarbolen las virtudes y superen las debilidades. Dialoguen y pónganse de acuerdo. Las disputas a nada bueno conducen. Cuiden el patrimonio de la unión que cultivamos y cosechamos. Sepan apreciar y mantener esa, nuestra mayor riqueza. Hagámosla más grande en calidad y en cantidad, transmitiéndola a las nuevas generaciones y girando alrededor de Dios, la familia y la amistad.
  • Mis Amigas y Amigos: Amé a mi familia, como amé al prójimo. Para mí la amistad no tenía límites ni condiciones. Honré la amistad con respeto, igualdad y pasión. Atendía al pobre, con el mismo esmero con que recibía al rico. Con vehemencia y sinceridad construí múltiples amistades, hermanas y hermanos del camino, tales como la Sra. Mendoza, Motatán, Amarilis, Pino, Zuleima, Mercedes de Salazar, Camema, el Prof. Mendoza, la Sra. Genda, la Sra. Gero, Ronald, Sra. Carmen, Gregna, Aida, Glenda, Coromoto, Nery, Sra. Mercedes de Salazar, Zaida, Medio Mundo y la Nena Mendoza. Nunca olviden a mis amistades. Ellas están en mí y yo en ellas, y formamos una gran familia.
  • La Iglesia: La Iglesia, el hogar de Dios, fue mi paraíso terrenal, y se convirtió en el punto de encuentro con todos -familia, amistades, padres y feligresía-. Allí oré y clamé, reí y lloré. Allí, todo fluyó en proporción a la fe, al amor y al perdón. En varias oportunidades sentí manifestaciones de la Virgen María y del Espíritu Santo, siendo bendecida y amada por su misericordia. Compartí celebraciones, reconocimientos y regocijos. Mantengan a Dios en su corazón, a la iglesia en su acción y sientan mi  existencia en la homilía y en la oración.
  • El Legado: Más allá del tiempo vital que me correspondió estar en la morada terrenal y en especial, en el seno de la convivencia familiar, sigo existiendo, porque me encuentro en cada uno de ustedes. El amor que dispensé, y que recibí, abrió senderos, pintó estrellas y esparció estelas, que hoy vuelan en el mundo y besan el éxito en la diversidad del globo. El legado no es mío, es de todos, y su permanencia en el tiempo depende de lo que puedan infundir en la familia y propagar en la sociedad. Mantengamos vigente el fondo de la epistemología y de la praxis que juntos construimos, con testimonios y ejemplos. Defendamos con ahínco y dedicación los logros y lineamientos de su contenido. El legado como tal es el núcleo familiar que formamos, de donde emana la luz que ilumina a nuestros seres amados. No es un bien material, en todo caso es una escala espiritual, una obra cultural. Trata del amor, de los valores propagados, de la rectitud demostrada, de la solidaridad, de la educación, del tiempo compartido, de las circunstancias vividas y de todos los momentos familiares, sociales y políticos en los que tuve el honor de actuar, porque un familiar o una amistad, tenía un determinado protagonismo en la sociedad. Bordamos con hilos de amor la dimensión de la familia, su proyección y su pureza, por eso en cada lugar donde nos encontremos florecerá una sonrisa, una poesía, un canto, una obra, una conciencia y un  aporte a la humanidad.


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