Alejandro Schleyer

Oración de un pecador que no quiere pecar

Caer, siempre caer:
¿algún día cambiará este destino?
Caer, como siempre caer:
Señor, Tú sabes que no quiero.

Lucho y me levanto
todos los días, en cada caída,
en cada tropiezo.
Sabes esto, Señor;
yo sé que sabes.

(Por favor, sépalo. Se lo ruego.)

Tú sabes que Te quiero,
pero caigo; siempre caigo.
¿Hasta cuándo durará este tormento?
¿Alguna vez me libraré de esta maldición?

Aborrezco el pecado, mi Señor.
No deseo ofenderte,
pero soy débil; débil soy.

Caer, siempre hundirse
en el fango y lodo profundo:
¡PUES NO QUIERO ESTO!
¡LO ABORREZCO!
¡DESPRECIO EL PECADO!
¡LO RECHAZO! ¡NO LO QUIERO!
¡No lo quiero!
No lo quiero.

Quiero el bien, no el mal,
pero ¡qué débil soy!
¡Qué débil soy, Señor!
Perdóname.

Me levanto; siempre me levanto.
Me arrepiento.
Vuelvo a creer, a luchar, a vivir.
Me levanto por ti, Señor.

Sí, caeré, siempre caeré,
hasta que la muerte me consuma
y libre por fin sea del yugo maldito,
pero siempre me voy a levantar.
Siempre me levantaré,
porque Te quiero.
Sobre todas las cosas Te quiero.

Señor, Tú lo sabes todo.
Tú sabes
que Te quiero.

Y si un día caigo y muero,
por favor recuerda estas palabras
y levántame Tú de la muerte.
Levántame Tú del destierro
y déjame en una isla a purgar mis pecados.
Con gusto esperaré al fin de los tiempos
con tal de estar Contigo para siempre
y nunca más caer
y amar por siempre...
por siempre amar...
por siempre amarte, mi Jesús.

¿Caer? Ya no más.
Amar.



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