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ENCUENTROS CERCANOS CON LA «CENTRAL DE INTELIGENCIA AMERICANA» (CIA)

 

 

[Narraciones de Claustro Universitario y Extramuros Académicos]

 

Por Alberto JIMÉNEZ URE

 

En el curso de mi vida, conocí tres agentes de la «Central de Inteligencia Americana»: Jules MacDonald Petrovich, Jim Protiva y Errol Portuondo [el último falleció, pero actualmente ignoro dónde están los demás] Con Portuondo, creamos la «Fundación VENUSA» las siguientes personas: Beatriz Guzmán, el actor-abogado José Esteban Mantilla Mantilla, ex-Rector-ex-Gobernador del Estado Mérida Ramón Vicente Casanova, ex Vicerrector Académico de la Universidad de Los Andes Julián Aguirre Pe y yo [Año 1990] Excepto Beatriz, Presidenta , el resto no sabía nada profundo sobre la vida del ideólogo, sólo que era un exitoso empresario norteamericano vinculado con institucionales académicas de EEUU y emparejado con una venezolana en Miami. No quiso que su nombre apareciese en acta. Lo ayudé elegir la casa próxima al Aeropuerto «Alberto Carnevalli», que pronto adquirió para convertirla en sede de VENUSA [con fines estrictamente culturales y académicos]

-¿Cuál será el precio del diario Frontera, Albert? –me preguntó un día que cenábamos y bebíamos Heroica añeja e importada.

-No sé, Errol –respondí-. Tendría que preguntarle a Luis Velásquez Alvaray, quien dirige ese periódico […]

-En Mérida y Caracas se fomenta mucho el «Comunismo», hay una extrema agitación política que tiene el propósito de instaurar ese nefasto sistema político en Venezuela. Quiero comprarlo para presidirlo y dirijas.

-No es mala idea. La puja de las organizaciones políticas-estudiantiles por exterminar la Democracia Venezolana es corrosiva. El «vandalismo-revanchismo» y la «violencia revolucionaria» socavan la tranquilidad de los merideños. Controlar un medio de comunicación permite educar a favor del fortalecimiento de nuestras libertades políticas-económicas y convivencia pacífica.

-Busca a Velásquez Alvaray, indaga en cuánto podrían venderme Frontera. Dile que podría presentar una oferta de compra, en dólares, a los propietarios.

Lo hice. Me reuní con Luis y le expresé que mi amigo venusiano estaba interesado en adquirir el diario.

-¿Cuánto vale el periódico, Luis? –curioseé.

-Mucho dinero, Albert –formuló intrigado-. Nuestra infraestructura y rotativas son nuevas. Varios miles de millones de bolívares.

-¿Un millón de dólares?

-Tal vez tres, según mis cálculos.

Al cabo de dos semanas, fui informado por Velásquez Alvaray que los accionistas del diario no estaban interesados en venderlo. Errol Portuondo me pidió pensar en alternativas. Me sorprendió con un contrato prorrogable de la Universidad de Richmond [Virginia, USA] que él sugirió me enviaran. Yo sería «Escritor  Extranjero en Residencia», durante tres años. Le di la buena noticia a mi esposa italiana, pero se opuso.

-Nuestras hijas están muy pequeñas, no saldré con ellas del país –ni siquiera lo meditó-. Tendrás que viajar solo, abandonarnos […]

-Sabes que nunca haré algo así –inferí.

Las actividades en VENUSA iniciaron. Venían estudiantes norteamericanos con el propósito de aprender la Lengua Castellana y también divertirse, a los cuales di charlas. Funcionábamos bien. Un día Portuondo y yo fuimos invitados por el alcalde a cenar en un hermoso restaurant apartado del centro. Nos emborrachábamos cuando, repentinamente, me confesó:

-Soy agente jubilado de la «Central de Inteligencia Americana», Albert: pero hoy dedicado a varios negocios.

-Excelente –le dije-. Eres el tercero que conozco.

Poco tiempo después, Portuondo y yo tuvimos -todavía irrevelables- desacuerdos que precipitaron mi renuncia a la fundación. Pero quise, finalmente, viajar a Virginia y ejercer el cargo de «Escritor  Extranjero en Residencia». Telefoneé para expresarles que iría a EEUU, pero me habían rescindido el contrato.

 



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