Emyzag

**~La Dama Disfrazada - Parte I - Novela Corta~**

 

Era un monte tan hermoso que le llamaban “el monte de Venus". Ella lo tenía entre sus piernas y era la fascinación de muchos hombres. La etiquetaron como la dama disfrazada porque no era lo que aparentaba. Ese sello o sobre nombre cayó como anillo al dedo. Porque era bella, hermosa y muy simpática. Se llamaba Lucía. Y sí, lucía esplendorosamente bella. Era la mujer que todo hombre quería, deseaba y más aún la idolatraban. Las mujeres todavía no salen de su asombro al verla tan bella, jovial y más aún hermosa. Cuando en el monte llegaba a retirar alguna cosecha de los árboles frutales, se dedicaban a hablar de ella y ellas solo decía: -“yo soy Lucía a la que todo le luce”-. Y una vieja que era muy habladora le contestaba: -“La Lucía a la que todos alborota por ser tan lucía”-. Y va y viene en el monte, la Lucía desde su escandaloso “monte de venus”. Y se acerca un hombre capataz de la hacienda la quiere como una hija y le ofrece limones para su recolecta de cosecha. Lucía camina despacio por el monte la llaman y le apodan sobrenombres pero, ella a ningún hombre quiere. Se siente incapaz de solventar una relación. Y dicen que es una callejera del monte. Del monte de Venus, hacia su hogar. Y pinta y más aún dibuja una caricatura de su padre fallecido. Y más aún logra lo que nunca soñó tener en el mercado un puesto para dibujar caricaturas y ser caricaturista. En el jardín del mercado vive un muchacho, bien apuesto, guapo y más aún soltero y codiciado. Lo conoce y más aún entabla una relación de amistad y pero nada más. Lucía se corta el cabello de largo a corto y comienza su vida real a florecer más aún. Pierde la atracción de los hombres, pero, sí, la fascinación de muchas mujeres, y dicen que hay más mujeres que hombres. Lucía, pierde la vil distracción de la mirada de todos los hombres. pero, se siente a gusto y más aún complacida, porque su apariencia es la de una lesbiana, pero, con clase. Ella, sabía, pero, no lo podía creer. Es la dama disfrazada, todo creían algo de ella que no era cierto. pero, su simpatía y su alegría nunca se borran de su cara ni de su entorno. Ella más visitaba el monte, y más aún con su monte de venus más a la vista de cualquier hombre poderoso y más aún de cualquier tipo cualquiera que podía con tan sólo un gesto enamorarla. Lucía, vá de camino hacia el mercado, con sus herramientas dispuesta a trabajar y para quién sea. De noche se llenaba el prostíbulo de mujeres más bellas que ella, y ella paseaba por él, como sí fuera una de ellas, pero, nunca lograba entrar al bar. Los hombres yá sabían de ella, incluso alguno le propuso lo que nunca un hombre le debe de proponer a una mujer, “una noche a la luz de luna”. Lucía, era tan suspicaz, tan alegre, que no dejaba que nada ni nadie se interpusiera entre ella y su correcta fisura de la vida y del amor propio. Camina por el monte llevando y trayendo frutas de los árboles frutales. Tal y como la veían los hombres se llenaban la boca provocando la ira de las mujeres. Pero, a ella le agradaba eso. Que en la primera salida, le dijeran, “puta a dónde vas”. y ella, con su agrado de lucidez viajaba a donde ella quisiera sin importar qué le dijeran. Los hombres la veían con ojos de “comérsela viva” y a ella no le interesaba. Era lesbiana y, éso, le gustaba, le agradaba y más aún, no le molestaba ser punto de habladurías de esas mujeres viejas, con arrugas y sin poder yá vivir más. No quería tener hijos, eso no era mayor importancia para su juventud, Decía Lucía: -“que la juventud se vive sin importar qué edad tengas”-.

Iba y venía con sus frutas en la mano para Don Arturo y para el mercado donde ella laboraba. Lucía, siempre caminaba, sola y sin ningún temor a ser devorada por los ojos de los hombres. En el camino vá y viene y continúa la situación entre ella y las mujeres hablando falazmente de ella. Lucía, no se detiene en ningún instante de su bien proceder. Lucía, no mira a nadie en la calle ni en la avenida tan transitada por los hombres que asisten al bar asiduamente. Lucía, no mira a las mujeres con un incierto agrado de envidia, pues, ella sabe que tiene algo en particular y es su “monte de venus”, que le hace más hermosa, aún y con el cabello más corto es la envidia de las mujeres. Lucía, es además, la dulce muchachita que aún sueña con el amor verdadero y total a la edad de aún de veinte años. Ella, se viste cómodamente con un pantalón apretado a los muslos. Su camisa casi semidesnuda y es la envidia de todas en el vecindario. Es la mañana tan dulce y tan amarga a la vez. Que casi, se conduce al jardín del mercado donde vive el joven apuesto. En espera de su primera noche con el joven que la seduce un poco, se avecina lo que por siempre sería una mala suerte para la muchacha. Si en el buen sentido se tropieza más la dulzura o las tentaciones frías de cometer algún pecado, se tornaría más inseguro para ella y para el muchacho un camino lleno de malas situaciones. El “monte de Venus”, se siente tan desolado, frío, inerte, intacto e inmóvil, a los deseos de un buen hombre o... de una mujer que quisiera con ella hacer del amor un torrente de anhelos dispersos entre la juventud, su homosexualidad o bisexualidad, como les quieran llamar la gente que habla por demás. El “monte de venus”, se siente distraído, e inevitablemente en soledad tan triste y en frío invierno. ¿Cómo es posible que la imposibilidad se siente tan desafiante, por tanto descifrar que la vida comete un mal delirio en seleccionar en buen estado la confianza de algún hombre o mujer?. ¿Cómo es importante saber acerca de su posible trato con las mujeres que son lesbianas y que se aman a imperio completo?. Lucía, la que se luce con el “monte de venus”, con su propio monte entre las piernas se siente capaz de enamorar a cualquier mujer de su edad o mayor que ella. Lucía, que quiere amar en verdad y ser consecuentemente amada sabe que el delirio por el amor se siente capaz de hacer del amor un tórrido romance en saber que el delirio es tan frío como el invierno que se avecina. Es la mujer, que en ella atormenta cuando quiere y desea lo que en el mundo quiere amar más. Es la más carente de las vidas, la que quiere más vivir en el ambiente y en el presente. Que además, de sobrevivir, quiere y anhela amar a una mujer. Ella, sueña con saber ¿cómo es amar a una mujer?, y, que... ¿es lesbiana?. ¿Cómo saber que en ella está dispuesta, a ser valorada como la mujer que existe en ella?. ¿Y cómo encontrar a una mujer como ella quería ser amada?. En su habitación se detiene a pensar y a analizar su forma tan atrayente de pensar y de imaginar, ¿cómo sería amar a una mujer, igual que ella?. Se enfrentaría a cometer un infringido sexual o frígido sexo, en cuanto al delirio infernal que da la manera tan ardiente de amar a una mujer. De decir que, la manera de amar, se debe a que la pasión es ardiente, emocional, y con tanto amor se deleita aquí. Se ama y se quiere ardientemente, con la fuerza de entregar el corazón a alguien. Lucía, siente en su pecho arder, de dar lo mejor de sí, cuando se quiere amar enteramente. Pero, no tiene a quién, no sabe a quién, ni nadie le interesa todavía. Lucía, en su afán de ser amada, se entera de una revista de homsosexuales, hay tips, consejos, gotitas del saber, y hasta un cuestionario si desea saber si es o no es hmosexual. La primera pregunta, que lee, ¿sientes tu corazón palpitar por un hombre o una mujer?, ¿ que sí, ¿sí tu inclinación es hacia un hombre o una mujer?, y continúa leyendo y se aburre. Vé por la ventana a una pareja “gay”, y se dice, -“si yo fuera ésa no andaría con el cabello de color rosa”-. Y la persigue el color rosa, en todo lo que vé y observa, y se dice que, vé el color de rosa en el techo, en la pared, en un helado, en una ventana, en unos zapatos y que eran extraños, y que si la perseguía más, se lo iba a colorear de rosa, su cabello. -“Ay, Lucía”-, se decía ella, cuándo iba a encontrar un amor para saber qué sería el amor, la pasión y más aún saber cómo amar a una mujer. Se dice que ella, caminaba hacia el mercado, que en algún sitio encontraría a alguien. Pero, no, eran todos hombres y más hombres, veía ella. En algún momento el “Monte de Venus”, tendría que explotar por la libidinosidad de querer entregarse a algún amor pasional. El deseo, el anhelo, y los comentarios, la llevaban por un camino oculto de hallar lo que quería hallar, “la incógnita de amar”. Ella, en su intimidad, buscaba hallar lo que nunca había de encontrar en un hombre, para cuando la amara, sólo halló la forma extraña de tener un amor a escondidas que era “un sueño”. Se enteró de que quería ser la dueña de un mercado internacional de caricaturas como en lo que ella laboraba. Conoció un artista definido en su arte, en pintor de cuadros camba. Y, fíjense, le cambió la vida, síííííííí, fue una estupenda empresaria en cuanto a su arte de caricaturista. Era la dama disfrazada, salieron más comentarios de ella cuando joven que un cuento para adultos. Su “monte de venus”, esparció tanta las miradas que todos comentaban de todo. Y hasta el último instante de vida de Lucía. Pues, sí, ella en el mercado, se comentaba tanto de su sexualidad que hasta que un día dijo:  -“alto”-. Fue hasta su dormitorio y buscó una guía de discotecas homosexuales. Visitó unas cuantas discotecas, hasta que logró hallar eso que nunca había de encontrar en el camino hacia el mercado. Lucía, iba y venía, en una discoteca de homosexuales, y halló aquello que era amor y pasión, “una mujer”. La conoció, y se dijo, -“ésta es la que es”-. Cuando la conoció, vió todo aquello que desde niña soñó ser, y la amó intensamente como a una mujer le gusta que la amen. Le palpó el cuello intensamente con los labios, le besó la boca llena de pudor y de estupor, le tocó los senos en forma redonda, la besó amorosamente, y fue hasta donde el sol no puede tocar, hasta la parte más íntima de su sexo. El perfume que traía la llevó hacia el horizonte, hacia el extremo de todo un cielo, hacia un paraíso donde nunca Adán debió de dejar sola a Eva. Vió todo desde una perspectiva de asombro, y amó intensamente a una mujer. No quiso hacer lo que la revista yá indicaba de, ¿cómo amar a una mujer?. Con el dedo, que si seno contra senos, no lo hizo tan diferente, tan inusual, tan real, como tan verdadero. Lucía, fue una mujer, más que eso fue pasional, ardientemente pasional y no se esfumó lo que soñó un día ser. Una mujer entera, consecuente, con los ovarios bien puestos dentro, todo lo contrario a lo que dicen del hombre. Fue una mujer real. Y quiso ser más allá de la vida, amar a una mujer y que sería igual que a ella. Esa noche se quedó pensativa si ser homosexual, o bisexual o heterosexual y hasta asexual. Se dijo ser homosexual, yá estaba cumplido, y que también le gustaba ser hettrosexual, por la envidia de las mujeres en el monte, con su “monte de venus”, hacia todos los hombres del vecindario. Y que si sería bisexual, no le gustaba por la infidelidad y eso. Y asexual, que no amaría a nadie, pero, a ella le gustaba el sexo, hacer y tener sexo, que no lo hallaba como alternativa a su vida. Es el otro día, y vá de camino al monte, con su “monte de venus”, conoce yá el rumbo y la ruta a seguir. Y recolectar el fruto deseado, fue para ella, un triunfo, la cosecha del día de hoy. Fue al monte, y halló lo que nunca había de encontrar, un gran machazo, un hombre competo, directo al grano y que directamente la quería enamorar. Se olvidó del jardín del mercado, de aquél joven apuesto, guapo y elegante que conoció en el jardín. Pero, a éste, lo encontró más guapo, más apuesto, más corpulento. Y quiso con él todo. Toda una noche con el joven mozuelo. La dama disfrazada, quiso ser eso toda una dama, pero ella era lesbiana. Y se olvidó todo lo de aquella mujer, que soñó en ser, en igualarse, y que debía de ser como ella. Se olvidó de las caricaturas, de la empresa que formaría en un futuro no muy lejano, de todo aquello que sentía al mirar y tocar y palpar a una mujer tan real como aquella de la discoteca. Se sintió defraudada, en fracasos amorosos, y sintió un naufragio en la orilla de todo aquel mar abierto que conoció entre las piernas de aquella mujer. Y fue al horizonte aquel que vió, que conoció y amó intensamente. Lucía, se dice ella, -“ay, Lucía”-. Entonces, luce como toda dama para el monte, con su “monte de venus” entre sus piernas y que sería todo lo que necesitaba para atraer a todo hombre que ella quisiera. Además, de ser parte de esa transición, quiso calentar la parte más susceptible de enamorar, lo que tenía entre sus piernas, pero, con un hombre. Iba y venía, y se dice que iba al monte, a buscar aquél hombre que vió. Las viejas murmuran de ella, a todo vapor, sin contemplación, sin sentimiento, sin saber el dolor que causarían en el mañana. Cuando la dama disfrazada, iba y venía al monte, en busca de aquello que con quería ser amada, “un hombre”. Se siente, caprichosa, se siente exótica, y más aún se siente casi amada y por un hombre. Cuando en una noche lo vió a mitad de su camino, lo halló consecuentemente, casi irreal, casi invisible a la visibilidad de sus ojos. Pero, fue más cierto, que lo real de haberse entregado a una mujer, a la mujer de la discoteca. Cuando se dió a conocer, se dió a querer, se dió a amar, y se dió más que la pasión por una mujer extraordinaria que quería saber qué era amar a un hombre. Por lo tanto, se fue por el callejón oscuro, más corto y directo a su hogar. Él, la tomó en sus brazos, la apretó hacia la pared, y aquello que tenía en su pantalón subió hacia a ella, ella no sabía cómo era todo aquello que se llama ser hombre. Y se adelantó, el amor, la pasión, erupcionó el volcán llamado hombre, y la amó apresuradamente, se encontraban en un callejón. Y Lucía, se enteró de todo descubierto por la ciencia, por el hombre, por la naturaleza, y más aún por Dios. Y conoció aquello que era hombre. Y se fue a dormir en su lecho, en su habitación, en su dormitorio de soltera, lo quiso invitar, pero, no fue suficiente. Su, “monte de venus”, quiso más, pero, no halló más que la sorpresa de haber dejado de percibir el placer en sus partes más íntimas. Y quiso, ser más de lo que fue, pero, halló nada más que la débil luna a expensas del cielo, por la ventana donde veía a la luna. Entonces, quiso más sexo, de aquello que antes, que hace unas pocas horas había experimentado, y se tocó intencionalmente, se calentó todo aquello que había sido como lava de todo un volcán, y se sintió con placer y satisfecha. Y vió, por la ventana, a la luna, la que quiso ser desde niña, que perseguía con la mirada desde el automóvil. Y quiso ser una dulce, pero, amarga mujer, con dolor y fuerzas en la lucha por amar y ser enteramente amada. Volvió el día siguiente, y, otra vez, de camino hacia el mercado, recordó todo del amor platónico que se convirtió real, la noche pasada. Y se sintió desesperada, estrésica, taciturna, y débil en sus sentimientos. Cuando quiso realizar una caricatura se sintió afirmada, con aciertos, y sin debilidad en dibujar una caricatura que sabe que será un refugio en su vida futura. Lucía, quiso ser ésa de esa noche tan salvaje que amó, e intensamente, y apasionadamente a un hombre que apenas conocía. Entonces, quiso ir con su “monte de venus”, hacia el monte donde encontró a ese hombre, pero, fue en vano su huida hacia el monte, porque él no estaba allí. Ella, Lucía, se imaginó volver a la discoteca, hacia la mujer que vió, que amó y que quiso ser como ella, que desde niña, quiso ser así, como ésa. Y fue un viernes, donde acudió a la discoteca, donde quería encontrarse nuevamente con ella. Con la mujer que fue mujer, con la primera noche de amor para ella, y quién amó con el corazón sin estar en pedazos por una desilución, su primer amor y su primera noche apasionada. Y fue con ella, con la mujer de la discoteca, que fue mujer, por ensueño indeleble, quiso ser ésa mujer. Y no pudo más, que olvidarla, porque no encontró a más nadie que se igualara a ella. Entonces, subió por la pradera hacia una vista impresionante, y miró el cielo, unas nubes claras, como el algodón de su misma piel. Y miró el horizonte, y se acordó de aquel perfume que traía la mujer entre sus piernas. Y fue fácilmente, lo que pudo recordar, una mujer entera, sin frío en la piel, con la calentura en el cuerpo y en el mismo y perfecto “monte de venus”, sus besos de mujer atrevida. Todos creían que Lucía, era una muchacha de la vecindad, del barrio, una más, de tantas, pero, no fue así. Todos los hombres la deseaban tanto, que al mirar su entrepierna con tanto afán, con tanto delirio, con tanta pasión, se enredó la vulnerabilidad del hombre, “la mujer”. Pero, ella no le hacía caso a nada, sentía risas, coqueteo y meneo que ella misma sabía hacer con todos los hombres. Su “monte de venus”, era lo mejor de su cuerpo, era tan atractivo, tan hermoso, tan exuberante, que debió de haberse entregado a un hombre y no a una mujer, indicaba la vida, la Biblia, y por demás Dios, que hizo al hombre para la mujer, pero, las regalas aquí y con el tiempo y la historia cambiaron. Era “gay”, ella lo sabía y lo sabía la vida y la Biblia,y por demás su Dios. No había respuesta a tanta interrogante del cuestionario que se hacía cada noche en que leía la revista. Porque era “gay”, y no sentía más, que eso, tener senos en su boca, y el olor corporal que despiden las mujeres. Y eso quería, qué más, que tener en su piel y en su esencia, lo que una mujer era, que era todo, para los hombres, que desata una rabia en su locura por ella. El sol del nuevo amanecer, salió nuevamente, en la mañana siguiente, y volvió a su labor de caricaturista, cuando quiso ser fácilmente atrevida, pero, se le escapó de las manos, la palabra que ella misma guardaba entre su más silenciosa neurastenia, “puta”. Y volvieron los hombres a mirar aquello que yá había entregado y no precisamente a un hombre, el “monte de venus”. Y se debió de entregar, entonces, a la vida, al recuerdo, y a la vida misma, cuando supo que saberse de ella, era lo mejor y no lo peor. Y, debió de enfrascar la idea de haber querido y amado a un hombre que sintió su mayor deseo en entregar el suspiro de un nuevo amanecer cuando en el anochecer amó intensamente a un hombre que supo que era un amor apasionado, también. Lucía, se entregó en cuerpo y alma, en deseos y anhelos, en pasión y emoción, hacia una mujer que debió de haber valido la pena. La suerte de haberla conocido se debió a que la pasión, se ató a un nuevo idilio. Entonces, la conoció y la llevó hacia un nuevo horizonte, hacia un nuevo amanecer, hacia un nuevo sol, hacia una distancia en la que la llevó a mirar la luna, el cielo, y más aún, lo irreal de la vida. Ésa, mujer fue la fuerza de luchar, de amar, y de querer enfrentar la osadía del día, del nuevo sol como bronceado en la piel y fue ésa mujer que amó, no la puede olvidar y tampoco, encontrar otra vez. Como una vez, fue amar, y quedó satisfecha, pues, quiso entregar cuerpo y alma, otra vez, pero, fue ingrata la vida, no halló más que murmuración y fibras de un mal corazón, en pedazos, esta vez, por una desilución. Habitó y perpetró en la habitación, como si fuera una adolescente, y se quiso amar a solas, pero, llegó el momento de recordar a ésa mujer. Cuando se fue del todo, y de la vida, como en un trance, en un percance, en un merecido e instante delirio por el frío que habitaba en su piel en ese mismo momento. Y logró ver el cielo, ver el horizonte, otra vez, como lo que amó ardientemente, con su... “monte de venus”, se había desnudado de la cintura hacia abajo, y tenía su… “monte de venus”, “al aire”, al descubierto, mirando el techo del cuarto,  pero, ¿qué techo?, era el cielo, el que había conocido, el horizonte que había conocido entre las piernas de aquella mujer en la discoteca y la cual no podía olvidar ni hallar, otra vez. Entonces, hizo un café, y se lo tomó completo, y quedó en insomnio por el café, esa noche no quiso dormir. Y abrió todo aquello que eran las piernas entre aquellas sábanas blancas, y lo que sintió fue un pequeño aire, que la excitó demasiado, y le traje de vuelta ese olor el de ella, el de entre sus piernas, no se había dado un baño todavía, el de niña, cuando jugaba a la casita, a las muñecas, y todo aquello que era ser niña, lo recordó como si estuviera viviendo ese mismo momento. Y cayó en ese mismo instante una esporádica lluvia, y se sintió fuerte, audaz, capaz, de lograr todo aquello que para ella fue imposible, yá había dos personas muy importantes en sus vida y más recordaban aquello como alguien muy especial, porque ella era así espontánea, vivaz, jovial y muy alegre, aunque el tiempo no le ameritaba, pero, era así, como alguien muy complacida, y satisfecha se encontraba ella. En la habitación encendió el radio, y precisamente hablaban de ser “gay”, de ¿cómo la persona podía ser feliz siendo “gay”?,

y entonces, se abrió el dilema o la incógnita, de saber, ¿qué era ser “gay”?, y se dijo, -“ser lesbiana no es algo importante, pero sí es algo importante para mi trabajo”-. -“Todos me observan desde una perspectiva de asombro como si yá supieran con quién o con quiénes me acosté”-, se decía ella. Mientras, escuchaba la radio encendida. Y más, se iba en el pensamiento, pensando, -“¿cómo iba a encontrar a esa mujer, con la cuál había compartido un momento de su vida…?”-. Nunca más pensó en ella desde aquella noche, con su “monte de venus” al aire, como si quisiera que se lo besaran, que lo amaran, que le dieran besos hasta llegar al pecado o la salvación. Lucía, fue siempre inteligente, espontánea, coqueta, sencilla, trabajadora, y nunca se dejo intimidar por el que dirán. Se dedicó en cuerpo y en alma a su labor de caricaturista. Y prosiguió el viaje de la vida sola, sin compañía, sin mujeres, pero, tampoco hombres. Y continúo todo aquello que era vida. En el mercado como siempre hablando de ella, pero, ella muy cordial y cortésmente se dirige a presentar su nueva colección de caricaturismo profesional, y por supuesto, en el mercado. Había en el mercado un joven, el cual se miró fijamente a los ojos y se dijo: -“Ay, Lucía"-. Y se sintió distraída, retraída y más como débil. Logro llegar al mercado y vio todo aquello que era ilusión, deseo y entrega, ¿por qué no?, sí, era entrega como un rubí roto ya, desilusionado y desafortunado. Como que la dejo sin soñar, sin desafiar, sin descifrar todo aquello que era un verdadero hombre. Y lo descubrió como quien descubre por primera vez lo que uno tiene entre medio de las piernas. Pero, ella no tenía eso, era una mujer y no quería ser transexual tampoco. Sino una mujer que tenía pubertad y potestad y emancipación de su entrepierna de su “monte de Venus" y hacía con eso lo que más le placía. Y fue hasta el, hasta el joven del jardín, quien conoció en el mercado. Y más que eso encontró un amigo, una amistad real y verdadera. Y halló lo que el tiempo quiso que encontrara un amigo real. Y le contó su historia y más sus vivencias. Cuando le dio un beso y quiso ser más que eso. Y logró todo aquello con ella que nunca pudo imaginar. Y le tomó la mano y la besó. Y le dijo: -“permíteme enamorar a ese triste corazón que me hace más inútil sino te tengo entre mis brazos, amor mío"-. Y Lucía, quiso ser éso, una prostituta que se vende al mejor postor. Y descubrió que quería en ese momento amar y ser obsesionada y seducida con ese amor. Es “la dama disfrazada”, la que quiere un amor todas las noches. La que tiene sexo y de sobra entre sus piernas con su “monte de Venus". Y halló lo que esperaba un amor y más que eso un amigo. E hizo todo aquello que conocía muy bien, ¿el amor o el sexo?. Y se convirtió en “puta”. En una prostituta de noche y de clase, con educación, con maestría de hacer aquello tan fácil de hacer y le llamaban “la dama disfrazada”. Contra viento y marea, contra la corriente quiso ser eso, para el chico del jardín, y quiso ser eso “una puta”. Pero, paso de largo lo que quería ser y fue el verdadero amor, la pasión y el deseo. Y desafío el frío con el calor, con la humedad de su sexo, con la fuerza para amar y ser amada y la apodaban “la dama disfrazada", pero, ella era prostituta heterosexual o lesbiana o una “puta lesbiana homosexual”. No quería ser transexual. Sino que percibió en su interior lo que debía de ser y lo que quería ser. Un amor total para ella y para los otros también. Entonces, debió de haber entregado el alma y el corazón, la vida y el cuerpo, las ilusiones y las emociones. Cuando quiso ser más de lo que fue. Una prostituta con clase. “La dama disfrazada”, e hizo el amor con el joven apuesto del jardín del mercado. La besó tanto que quedaron tan unidos, corazón a corazón, piel con piel, y amor contra deseo. Aunque Lucía no lo amaba realmente esa noche lo amo intensamente. Tenía una fuerza extraordinaria en entregar el corazón y el alma. Y desnudó aquello que era alma, cuando quiso amar al chico del jardín. Y sufrió con el corazón, cuando perpetro todo aquello que era amor. Y sucumbió en trance, en percance, en un amanecer tan frío, desolado, casi en soledad y muy tempestuoso. Y cayó rendida en la cama, hasta ver, otra vez, de colores a las estrellas. Y quiso ser esa huérfana de amor, de hogar, de piel, de pasión y ternura. Y quiso ser más que el mismo sol, dar luz a todo lo que da. Y vió por la ventana a todo un sol de mayo con rayos enaltecidos. Y quiso ser más y más. Cuando se levantó de la cama vió todo en desorden. Era sábado, encendió el radio y empezó la faena, el quehacer doméstico. Limpió las ventanas, recogió la basura del suelo, limpió el comedor y la cocina y paso mapo. Luego, se retiró del quehacer doméstico, se tiró a la cama cansada, extenuada, pero, con un trabajo excelente en su hogar. “La dama disfrazada” se dijo para sí y también se dijo: -“Ay, Lucía"-. Y pensó en lo que hizo en la noche pasada. Un amor como nunca antes había sentido. Una complacencia total y quedo tan satisfecha que casi se desnuda y baila al son de un vals, descubierto por lo clásico. Tenía un sinónimo de excitación, cuando por bailar el son adhería sus muslos para bailar, y se dijo: -“candela”-, y su “monte de Venus", estaba complacido, excitado, hermoso a la vista de cualquier hombre o… mujer. Vuelve a cortarse el cabello, esta vez, un rapado casi al borde de la cabeza. Y se amó nuevamente intensamente, a solas, en la humildad, en la desolación y en la soledad. Y entregó el delirio de ser fría, de ser más que eso congelada, helada por la temperatura extrema del calor de verano. Y quiso ser más que eso, más de lo que fue. Y dio por terminar el cóctel de bienvenida que da la vida a veces. En cuanto el delirio se torna más inseguro, incapaz, insolvente, inocuo, tenaz, duro, tosco y recio. Y se convirtió en todo aquello que era capaz de hacer “ la dama disfrazada”, -“hacer el amor”-, decía ella. Fue y viajó por el mundo, como empresaria y como caricaturista. Conoció a tanta gente de diferentes partes del mundo que tuvo una educación de cultura general. Fue muy astuta y eficaz en sus negocios. Pero, nunca tuvo pérdidas o inconvenientes, pues, la buena suerte siempre le acompañó. Lucía, fue y será la humilde muchacha del monte, con su “monte de venus” siempre dispuesto a amar. Nunca conoció el odio o el rencor sólo conoció el sufrimiento amoroso. Fue camino abajo, por el callejón oscuro y se encuentra a María, una prostituta que sí la envidiaba, y le guiña un ojo. Pero, ella, continúa su senda, su rumbo a seguir, su dirección con ruta yá conocida, yá perfilada. Y llega hasta el mercado, se entera de que el joven del jardín del mercado, se había marchado hacia su pueblo. No le quedó más que haber vivido un amor como nunca, total y tan misterioso como la incógnita de haber amado a su segundo hombre en la vida. No lloró, sino que se fue a la discoteca “gay”, y halló a esa mujer, otra vez, con la que fue mujer en verdad. Se besaron como nunca antes, como si el tiempo nunca habría pasado, como si el destino nunca separó aquello que se llama amor. Hablaron, se miraron a los ojos, sonrieron, ahora sí intercambiaron teléfonos, se dijeron hasta el mal vivir de los hombres, porque aunque son “gays”, cada una de ellas tuvieron diferentes situaciones amorosas. Y volvió el amor a la vida de Lucía. Se amaron como nunca antes, el sudor en subrepticios colocó la boca de Lucía en aquel horizonte donde ella conocía muy bien, en el “monte de venus” de aquella mujer solitaria y en esa misma soledad se amaron. Ella tocó sus senos con una delicadeza, como si fuera una experta en el amor gay, de ser lesbiana. Como si fuera una maestra o más aún una gurú del amor. Fumó un cigarrillo, e hizo con el humo una silueta de mujer en el vacío del aire. Colocó el cigarrillo en el cenicero, y volvió a arriba de la mujer como si sintiera el amor total, tan consecuente, tan verdadero, como tan real. Quiso llegar al clímax, al clítoris de la mujer, al orgasmo sin contemplación alguna. Y llegó, y, subió y bajó, del tío vivo. Cuando quiso ser hombre y penetrar hasta el fondo de la mujer, yá conocía ese fondo, tan hondo como tan real, como el mar prohibido. Humedeció la libidinosidad de la mujer, la excitación, y el clímax total, con su lengua llegó al extremo de la vagina de la mujer, y nació por vez primera vez. La amó realmente, quiso entregar lo que había entregado yá... el alma. pero, fue demasiado tarde yá la había perdido totalmente. “La dama disfrazada”, fue hasta su habitación, esa noche tan jugosa, tan húmeda, tan real, y tan finalmente real, muy real. Lucía, que se dice: -“Ay, Lucía”-. Volvió a su labor en el mercado como caricaturista, ésta vez, se sentía feliz, brillaban sus ojos como nunca, como si fuera a hacer ese viaje a la inmensidad. Y quiso, ser como un astronauta, viajar hacia el universo y ver la luna. En su dormitorio, por la ventana, veía a la luna, desde sus ojos, brillaba como nunca. Y se dijo: -“Ay, luna soy Lucía, a la que todo le luce”-. Pero, no fue hasta el día siguiente que pudo hablar con la mujer con que por primera vez fue mujer, amó y que quiso ser esa mujer. Entonces, llamó y llamó, y la mujer no le contestó. Esa fue otra o una desilusión más vital para su corazón, casi le da un infarto. Llamó una y otra vez, pero, fue infructuoso e inútil. Quiso ser una mujer más valiente, pero, ésta vez, sí, le salieron laǵrimas de dolor. Se fue para su hogar. Miró por la ventana, y vió a todo un sol brillando en el cielo, no lluvia esporádica ni cielo gris. Y se dijo: -“no hay lluvia sin sol, y sol sin lluvia”-. Y miró fíjamente más el sol, casi queda ciega, por la luz tan fuerte que emanaba del sol, y se dijo: -“así, seré yo, tan poderosa como el sol que a todo aquel que me mire a los ojos lo dejaré ciego”-. Se levantó, se dió un baño, con un jabón de cremas, y se quitó toda impureza de los besos que la vida había dejado en ella anteriormente. Pero, se dijo: -“los besos son invisibles como la saliva y no, como las nubes tan blancas en el cielo”-. Pues, -“seré, como las nubes blancas que en todo lo que pisen mis pies será huella imborrable quedarán impregnadas como el color blanco de mi piel o como esas nubes blancas del mi cielo azul y no gris”-. Fue al mercado y conoce al publicista o artista gráfico, que con él hace una empresa emprendedora como el caricaturismo. Ella, y él, eran dos elementos básicos para la existencia del ser humano, aire y agua, oxígeno y vida, eran dos magnetos imán y aliciente, como un ajedrez con dos batallones, como un ying-yang, como uña y carne, como dos combatientes. Viajaron a Estados Unidos, donde por primera vez, vió los rascacielos, el sueño idóneo, y la libertad. El artista gráfico, le presentó un productor de eventos artísticos, y la llevó sííííííí, por el mundo de la fantasía, o de la realidad, hizo de su sueño una realidad. Vió que su obra más majestuosa tomaba otro giro, otro rumbo y una nueva dirección. Y ella, se decía, -“Ay, Lucía”-. “La dama disfrazada”, la vieron en una discoteca y… con una mujer… No era, ella, prostituta y mucho menos, heterosexual, o sea, que no estaba con un hombre precisamente. La murmuración hizo de las suyas, cuando las viejas chismosas, comenzaron a hablar de ella. Era un murmullo como grito a voces. Ella, se sentía incómoda, pero, no, desesperada. Entonces, salió de su hogar como de costumbre, con su pantalón apretado, con el “monte de venus”, entre sus piernas. Como ella, le llamaba, era su atracción más atrevida a la insolencia de las mujeres y claro está de la envidia de todas las mujeres. Cuando amó intensamente en esa discoteca. A una mujer con la cual fue una mujer real. Cuando se intensificó su corazón. Cuando se identificó su alma, llena de bondad. Y cuando se amó, intencionalmente, y amó consecuentemente lo que quiso ser. Cuando se amó, con el corazón en la mano, a una mujer. Y vió que tenía, una fuerza extraordinaria en el alma y en el corazón, y fue que en el alma, se hizo como una luz en el cielo. Cuando se hizo, una luz muy dentro de sí, cuando se dió un relámpago como el destello de una lámpara. ¿Cómo es que se siente así?. Pues, una mujer es como la rosa del jardín. Mientras, que sólo el sol, se debió de enfriar más. Cuando en el silencio, se escuchó una manera de amar diferente. Y fue a una mujer. Una mujer hecha y derecha, como dicen por ahí. Porque se dió con enamorarse de una mujer, una mujer lesbiana como ella. Y quiso ser esa que quiso ser ella, como ella era.  Entonces, desafío el camino, descifró el destino, y así, oscuro como la noche se escucho un lamento, era la voz de un hombre por el callejón y ella tenía un temor a ser violada o más aún ser presa de la noche. Pero, prosiguió el camino con su pantalón apretado y con su “monte de venus” entre sus más bellas piernas. Y quiso ser así, como una lluvia que va mojando el suelo. Y como de costumbre quiso ser esa mujer valiente, aferrándose a la vida, al trabajo y más aún al dinero. ?porque no?. Al dinero sí. Cuando se entrega vida, tiempo y más aún la sabiduría. Y tener una vida así es lo que muchos deseaban. Cuando se siente el deseo de embriagar la sangre con alcohol, y saber de la verdad. Cuando se siente el anhelo, de querer amar lo que desea el corazón a… !una mujer!. Cuando se siente el esfuerzo de entregar el alma llena de bondades y de ternuras. Cuando solo el silencio se llena de ambigüedades. Más clara es el agua, pero, la sangre es de color. ?Como no saber que el silencio se llena de alboroto, y de ruidos innecesarios?. Cuando se siente el deseo, de tener en la mente a un amor. Cuando se quiere enredar lo que no ata, cuando el perdón no es suficiente. Lucía, era una mujer decidida, pero, en su interior sentía miedo. Era un miedo oscuro, tenebroso, y silencioso. Como el de un tormento o un lamento. El mismo que se escucha en el camino oscuro, así, mismo es. El que conlleva una misma paz en el mundo actual. Es un aterrador malestar en el que susurra una tranquilidad, pero, misteriosa. Así, es ese temor de Lucía. Se fue por el camino oscuro y sintió el deseo de ser amada como aquella vez entre ella y el hombre del monte. Lo recordó todo como a un sueño inevitable. Como un momento en el cual se debió de haber tenido por siempre. Como consecuencias de la vida, no dejo huellas imborrables, ni ese ni el del jardín. Tuvo su regla como de costumbre. Gracias a Dios. Se habrá dicho. Porque tener hijos es un disturbio, se dijo. La muchacha se dijo que sintió el deseo, de tener hijos, pero,no. La mujer de la discoteca, volvió a aparecer en la vida de ella, de Lucía. Esta vez en el mercado, en su labor. Por dónde se tiene la fuerza de luchar por algo que realmente valía la pena, y que era su trabajo. Cuando por fin, se debió de tentar la carne a quema ropa, se fue del lugar con la mujer de la discoteca. Y esta vez, por fin, la llevo a conocer su hogar, su dormitorio, su esencia de mujer.En donde creció y ahí donde se hizo mujer. Le mostró fotografías, cuadros, por donde ella fue y era feliz. Se mostró feliz y decidida en cada foto que había en ese hogar tan hermoso como ella. Y la miró fijamente a los ojos, y le propuso que conviviera con ella, en su dulce hogar. Y le dijo que… -“sí”-. Y esa misma noche se amaron tan apasionadamente, que hasta los vecinos lo supieron. Y hasta el silencio se debió de haber enterado de ese puro amor. Porque Lucía, la amaba, le beso el horizonte como nunca antes. Le extraño su forma de besar a la mujer. Porque fue tan emocionante, tan real, como tan sustancial. Y se sintió amada, como por vez primera, se sintió en paz y con una pasión firme, sustancial, indeleble, como un afán de entregar su… “monte de Venus…”, a esa mujer. Como un frío en desastre sintió recorrer por su piel. Un calor en tempestad, como si el aire succionara todo a su alrededor. Como un tenue, pero, un opaco cielo gris. Y esa noche llovió como nunca antes. Y quiso ser de ella, de la mujer. Que de ella emanaba un perfume sustancioso y excelente. Y la hizo de ella más fuerte, más emocionante, más salvajemente, más apasionada, e hizo de ella un amor tan total como ninguno. Salió una mañana, por el vecindario hacia el monte o el mercado, ella quiso salir ese sábado por la mañana. Y quiso ser como una doncella, como una princesa, pero, el murmullo de las viejas la hizo avergonzarse y debilitar aquello que se llama corazón. Cuando volvió “la dama disfrazada” a ser habladuría de la gente. Y quiso ser más fuerte, que el delirio, que el frío, que la forma de hablar de la gente. Como todo en el ambiente que se daba.

 

Continuará……………………………………………………………………………………

 

Comentarios1

  • Amalia Lateano

    Bien... esperaremos la segunda parte.
    Felicidades hoy y siempre.
    Amigo mío

    Amalia



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.