Emmie Belladona

Surcos en Despechos

Y me acongoja el alma;
los mares de la ilusión surco,
prohibido es el amor de fruto
y bien mas no recibido.
Fenece el alma en
arraigadas penas,
atisbando sigiloso
cuando el corazón de grietas se llena.
Oh, ilusión divina querida,
fugaz en mi es tu encuentro,
mas bien larga la pena es;
y mas por me preguntas que haga
encuentro rotas ilusiones encadenadas.

Oh, cobardía mal hecha,
del manantial de lágrimas bebes,
con cálices de padecimiento lúgubre,
de ilusión llenaste un alma,
de falso amor de calor,
la dejasteis ahí
bajo el alero sombrío
de la ausente ilusión des.
Matriarca ímpia,
acongojaste una pura alma
en vinos de sangrienta pasión,
y bebí,
y embriagué,
y perdí la razón por la locura,
y la locura por pena extravié
mientras tú, la sirena que hechiza
a los navegantes como yo,
despoja de distantes realidades
hacia amores vacíos sin vida.

Tú, que la divina providencia
con amor fecundó te
y con luz vió te crecer,
has tornado al exilio tu corazón.
De amores fugaces que aman, amor
en amoríos confusos,
de inherentes cobardías
no recordaré;
- Ni por mal no venga
ni por bien que tenga -
¡Dios misericordioso!
Tened piedad de un alma vaga,
tened piedad del puro
que sucio por impuro se ha vuelto,
tened piedad del amante
que jamás le falla al amor,
pero ¡aborrece! ¡atormenta!
a todo aquel que calor inventa,
si por miedo es
o por temor al divino.

Y vagabundo soy,
escribir por despecho
en versos me complejos,
ausencia total en diretes y voy.
Vagabundo soy,
pobre de vida, alma de rico
empapado bajo el frío de tu hipocresía,
sin amar, amor
sin un calor de aposentos
fenezco en mis dudas, hastiándome;
¿Cuantos amores amantes hasta morir por ti permanecieron?
¿Cuantos se habrían quedado por a tu lado perecer?
Solo de perder el temeroso
en su inherente menester del pensar,
aquel que fuí y perdió,
aquel que lo dió todo y todo lo dió perdido,
aquel que observa las hojas de gris otoño
con el frío en sus manos, despechado,
abatido con el corazón en trozos manchados
de locura y odio.

 

 

A n g e l a  C a v a l c a n t i



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