Joseponce1978

Y ahora

Y ahora que él ya te ha olvidado, llora

si lo ves aferrado a otros brazos, tal vez

tensaste la cuerda demasiado. Dejaste

al azar sus súplicas por verte, quizás

tu orgullo te apuñaló por la espalda. Fue tuyo

y ahora lo ves besando otros labios implora

al cielo por que tus lágrimas sean el velo

espeso que empañe tu locura. Impreso

en tu piel permanece su sabor. Tu ayer

desde ahora le pertenece a ella, demora

el reloj que marca tus segundos. Se volvió

contra ti el desprecio que usaste a raíz

de abusar de sus sentimientos. Por mar

y tierra se arrastró buscándote. Se cierra

tu opción en un juego suicida. Ganó

y ahora que se aman victoriosos, llora.

 

 

 

REGRESO AL MEDIEVO (24 de noviembre de 2018)

 

-Papá ¿Sabes quién vende castañas?

-No, mi vida. ¿Quién?

-Pues quién va a ser, papá, la señora castañera. Me lo ha dicho mi seño Laura.

-Llevas toda la razón del mundo, hija, no había caído. 

La castañera de la ciudad, una mujer de aspecto bonachón que servía los cartuchos de castañas asadas desde el interior de su kiosko portátil, se jubiló y nadie se ha animado a tomar el relevo. Hasta hace poco constituía una de las estampas más características del otoño, pero es uno de esos oficios que han ido desapareciendo con el tiempo, sin embargo, ayer, día de San Clemente, patrono de la ciudad, tuvo lugar como cada año la festividad de moros y cristianos, en la que se aprovecha para subir de romería al castillo, y en la avenida principal instalaron varios puestos de castañas asadas. De camino a casa te compré un cucurucho y te las iba pelando mientras te las comías con cuidado para no quemarte.

Unas horas antes, a media mañana, me pasé a recogerte para llevaros a tu prima Ainara y a ti al castillo. Íbamos con la idea de subir en la guagua, (un vehículo articulado con forma de tren que recoge a las personas en la ciudad y las sube al castillo) pero había demasiada gente haciendo cola para montarse y al final subimos en el coche. Con el fin de evitar colapsos de tráfico y que los aledaños de la fortaleza no se convirtieran en un macroaparcamiento automovilístico, entorpeciendo así el acceso, la policía había cortado la carretera unos metros antes de llegar, y tuvimos que aparcar en el atrio donde viven tus abuelos y continuar subiendo a pie las escarpadas cuestas de la serpeteante carretera que caracolea por el cerro pedregoso coronado por el fortín.

Por su superficie, el castillo es uno de los más grandes del país, y en su día fue determinante para la reconquista de Al-Ándalus por parte de la cristiandad, al encontrarse en un punto estratégico clave entre los antiguos reinos de Murcia, por parte cristiana y el musulmán de Granada. En el enconado tira y afloja que mantuvieron durante más de 7 siglos musulmanes y cristianos, ambos bandos se alternaron el dominio del bastión. "Papá, los cristianos le pusieron fuego a las cabras en los cuernos y los moros se asustaron y salieron pitando" "Muy bien, hija, veo que tu seño también os lo ha explicado" "Sí, papá". Menuda treta la de los cristianos, no quiero ni imaginar el pavor que tuvieron que sentir los musulmanes al verse asediados aquella fatídica noche por los ejércitos de Roma y Persia fundidos en uno solo, antorchas en mano, cuando en realidad los atacantes no eran más que los rebaños de cabras emboladas de unos cuantos pastores. Desconozco si los hechos que nos han llegado de la toma defínitiva por parte cristiana serán reales o leyenda, quiero creer en lo segundo, por el bien de los animales, en cualquier caso, es un relato sorprendente.

Lo primero que hicimos al llegar al castillo, una vez dentro de sus robustas murallas, fue visitar la torre del Espolón, y cuando subíamos por sus estrechas y empinadas escaleras, iluminadas tan solo por la luz que entraba a través de las saeteras, en las que habían colocado armaduras huecas que fingían ser soldados apuntando hacia el exterior con ballestas, me pediste que te diera la mano, pues te causaba algo de impresión y no te fiabas demasiado. Una vez arriba, como no alcanzabas a ver por encima del muro, a diferencia de tu prima, que ya se puede asomar entre las almenas, te cogí en brazos para que pudieras contemplar las maravillosas vistas que se nos ofrecían, más bellas que nunca, pues por las lluvias caídas últimamente, el verdor se extendía en derredor hasta la línea brumosa del horizonte.

Luego nos pasamos por las mazmorras, situadas en el sótano de la torre, y también te tuve que coger porque resultan un tanto tenebrosas. Entre la oscuridad y los muñecos que habían puesto, simulando reos encadenados, incluso a mí me daba algo de reparo. Aquí tu prima hizo una demostración de valentía, pues bajó las escaleras sin titubear y cuando estaba abajo, nos pedía a nosotros que bajásemos tambíen, pues los presos eran de mentira y no había nada que temer.

Estuvimos también viendo un espectáculo que representaba las justas y torneos caballerescos, con jinetes y caballos ataviados con atuendos de la época, exhibiendo el blasón de la cruz unos y la media luna los otros, armados de lanzas, espadas y escudos, simulando batallas y recreando competiciones medievales.

También prepararon distintos tipos de comida. Por un euro te podías comer un plato de migas o arroz. Como no os gustan mucho las migas, pedí 3 platos de arroz con pavo que estaba para chuparse los dedos y comimos sentados en el suelo. Después de comer, terminamos de recorrer el castillo: entramos en el aljibe; saludamos a Alfonso X, al que le dije que era muy amable, a pesar de no caerme bien los reyes; nos detuvimos a ver los cañones y catapultas... A las 5 de la tarde, más o menos, pues en esta época el sol se recuesta pronto y comienza a refrescar, nos marchamos. Ya te había llevado antes al castillo pero es la primera ocasión que vamos en San Clemente y la verdad que lo habían engalanado de manera ejemplar para la ocasión y pasamos una jornada inolvidable.



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