Alberto Escobar

Tu cuenca

 

No hay agua que ahogue más que el tiempo

 

 

 

 

 

Se enciende el alba.

Sobre mi lecho reina el desierto.
Añoro tu aroma, bañera que se hace mar.
Tu calor persiste entre las sábanas.
Tu cuerpo no debe andar lejos.
Me inclino sobre un alféizar que
durmió bajo el rocío.
A lo lejos, quieto el río,
adivino tus tirabuzones bailar
al son de tu sonrisa.
Las aguas se tiñen de tu encanto.
¡Qué daría por ser ese útero que te anega!

Cual rayo que desata la tormenta
vuelo hacia tu edén.
El río tú y yo fuimos uno.
Palomas blancas nacen de los guijarros
con un quizás entre las patas.
Emerge el misterio.
Tu seno alberga una promesa.
Fuimos salmones sobre una corriente
que resurge de la nada.

Lo eterno acunó el instante.



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