Sebafel

A la mujer que no conozco

Irradiaste la luz del universo
tan solo con tocar la punta de mis dedos.
De pronto la infinita y negra noche
de mi alma, de mi espíritu,

 

huyó con mi tristeza por los montes
y me sentí dichoso por fin, por vez primera,
al brillo de una aurora inmaculada
como tus labios rojos.

 

Mujer, yo te amo, y nada cambiaría
por el roce perpetuo de tus manos.
No quiero, ¡oh!, no quiero desprenderme

 

de esas angelicales manos tuyas.
Si por un beso yo te diera todo
por tus manos te doy lo que yo tengo.



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