Ibañez Olmos Victor Alfonso

Nuestro

Tus manos rígidas,
Tu mirada ausente,
Son tus labios de hierro,
Tu despedida eterna
Los días que te amo,
Los momentos que me alejas,
El desinterés de quedarte,
El interés por no irte

¿Qué más puedo hacer?
¿No te he dado mi vida?
¿No te llena mi tiempo?
Si me he vuelto tu sombra,
Tu espada, tu escudo,
Tu mendigo, tu tesoro, tu hastió,
Tu alegría, tu hombro, tu cama,
Un desayuno en las mañanas,
Tu abrigo cada madrugada
Atada a mí pecho febril,
Te quite la sed y me la diste,
Exijo que me colmes,
Que sean tus manos mi abrigo,
Que sean tus senos, tus muslos,
Tus pies, tus uñas, tus dedos,
Tu cadera frenética, tus labios, tu boca,
Que cada extremo de tu cuerpo me necesite.

No es el tiempo quien decide un futuro
Somos dos quienes construimos,
Son dos manes los que se unen,
Dejemos al tiempo para ser felices,
Pero hagamos del presente los cimientos
No eres más que mi vida eterna.

Tal vez te vas, estaré bien,
Qué más da, más noches frías,
Despertar sin el sol de tus ojos,
No será difícil seguir,
Solo basta algunos años,
Varios litros de cerveza,
Bastantes noches en vela,
Para tratar de entender
Que no podré olvidarte mujer,

Y si te quedas…

Hagamos
De la noche primavera,
De tu cuerpo mi credo,
De tus besos santuario,
De tu vida la mía,
De mis días tú ofrenda.

Alfonso Ibáñez



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.