Kleber Exkart

Mi Abecedario

Cuando aprendí las letras

las aprendí con sangre,

tenían la forma de un puño.


Su golpe
me quitaba la respiración.
Así aspire su honda inspiración
era el cuño
de la sabiduría y del odre.

El abecedario de la miseria
siempre inflige 
devaneos y risas estereotipadas.

 
Hay un abecedario para todo:
para amar, para odiar
para reír, para llorar.


Me dirán que son las mismas letras,
pero son diferentes 
según su construcción
dependen del puño y el corazón.

Pa, pa, pa; ma, ma, ma
No se cuales fueron primeras
pero si les aseguro
que no fueron ninguna
de las llamadas belicistas;

ni las trogloditas románticas
que engullen corazones. 


Eran letras patulecas
garabatos hechos con manos torpes
y dedillos traviesos,
temblorosos de la regla.


Siguiendo la geografía del miedo
se anudaban al lápiz
y destilaban sudor.


Cristales de sal mareaban 
el límpido papel 
que acogía al grácil trazo de carbón.

Luego fueron construyendo
la babel de mi lenguaje 
hasta alcanzar el intrincado
esperpento del laberinto.


A veces río con ellas
hasta que asoma el llanto
después entono un canto
y se vuelven danza de cisne. 


Se elevan hasta llegar a lo etéreo 
buscando al arcano y al cielo,
es la oración enojosa 
del desposeído, 
el lenguaje de los caídos.


Si, es la letra haciéndose queja.
Madura su dolor
como la espinilla o el furúnculo 
después asoman desparramadas
en sendos comunicados
guerristas y manifiestos 
de paz atrincherados en ballestas.

 
Son las letras terroristas
las que no se acomodan a 
los discursos de ningún bando.

Son hijas de la ira;
en vez de laureles llevan puntas,
anclan su forma en el rictus 
de los muertos solo por la forma
no por el fondo.

Acaban en lápidas 
o en trasfondos grises,
son la letras aprendidas 
en la vendimia de la muerte.



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