Michurin Vélez

LUCIÉRNAGAS DE LUNA

Luciérnagas de luna brillan entre la bruma que cubre el pantanal. La seda de sus alas de tul purifica la noche donde las viudas musitan por todos los muertos.

Las luciérnagas de luna atrapan el aullido de los coyotes para esconder el  cascabel de los corceles grabado en el marfil azabache de sus pezuñas.

Un sendero de musgo silencia mis pasos. Una romería de hormigas peregrina sobre los huesos blancos de los pecados abandonados junto a los casquillos de mil balas perdidas en la tarde.

Una bandada de peces vuela queriendo abrazar la luna azul  y un cardumen de pájaros ansiando anidar sobre las olas de espuma blanca.

Sonidos punzantes como espinas bajo un globo de viento explotan la retina de los búhos que miran pasar nubes de polvo enmohecido por la sal del tiempo.

Los cormoranes de alas abiertas escuchan el murmullo marino frente a una procesión de vírgenes cautivas entre reclinatorios púrpura y púlpitos dorados. Los cuervos enmascarados atisban los pasos desnudos y los senos dormidos bajo encarnados labios.

Las luciérnagas de luna se trasnochan ruborizadas de cólera por los alumbramientos arcanos.

Bajo los huesos blancos florece un oasis de líquenes y polvo sangrante donde las hormigas estacionan extasiadas su mirada. Las panteras atraviesan el espacio y se revuelcan como una sombra de viento sobre las piedras de la ladera.  

Cada nube es un retrato singular traído de algún planeta que no es redondo y que no existe en la retina del universo. Un céfiro de cometas estacionales en el oscuro infinito es nuestro cuerpo en el limbo de los muertos esperando escapar de la hoguera de los deseos.

Las caracolas, sumergidas bajo la piel de la playa, persiguen su propio camino tratando de burlar la corriente para huir de su destino, una realidad salvajemente improbable.

La luna redacta en la piel de la arena una carta de despedida del ocaso tardío. El sol es una chispa de leña ardiente estacionada en un hilo donde cuelga el azul marino.

Los guepardos sienten la luz de la tarde correr entre los guijarros de lava calcinada y fría queriendo alcanzar la cresta de su propia estatura.

Un coro de ranas se escucha distante, como una ráfaga de escarcha en el raído sombrero de un espantapájaros sin rostro.

El estiércol nada sobre el río y en su orilla descansan las muñecas de trapo junto a un desfile de marionetas de palo sin olfato y sin memoria.                    



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