J.R.Infante

Amaneciste sin fe



Amaneciste sin fe en la íntima

canción que bordoneó el juglar,

abriste como cada día el postigo macilento:

la casa de cal no tenía árboles

y tu corazón, quebradizo, retornó cojeando

a la penumbra de ollas y leche

de vaca.

Con el tedio de verano sestean

las ansias de rozar la piel,

fluir constante de aroma femenino

obesidad de años en el verdor

de los barrancos. ¿Dónde fuiste

dador de dones? Pan de masillas,

sal de iris, vino derrochado

en otras mesas y en ésta

quedó el mantel incólume.

¿A qué barrote hay que asirse

para no ceder a las dentelladas

del caimán?

Ruecas de nata cuelgan

en tu cabecera. El galope azul

de un fornido caballo blanco

golpea a menudo en tu sien.

Repatalea. Chirrían los cascos

en los guijarros.

                       Te levantas.

El viento pasa sin fronteras,

escondes las manos en el terciopelo

arrugado de tu vientre. Presionas

con tesón la cuenta del rosario.

Te llama la siguiente



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