J. Lago

Como un rΓ­o.

Esos días de gran vida,
Pasión, y tanto fragor,
Las aguas hoy se dan partida,
Y todo dejan sin razón.

 

En vasta lista y en la última letra,
Entre niebla y crispación,
Nada quedaba de las arteras,
Que me llenaban de conmoción.

 

Mi mirada encontrásese,
A distancia tal la suya,
Mas la vida ya se perdonase,
Al sentir cuales labios murmullan.

 

Allí meramente, con ella mía,
Y sin prejuicio o temor alguno,
Prescindía no de gallardía,
Pues a su lado, fuésemos uno.

 

Cuesta nada reír en la roca,
Sin entendimiento al menos,
Mas si en tí las aguas ya rozan,
¡Oh, cuán bueno es aquello!

 

Pues cambia, te transforma,
Sin avisar hace presencia,
Tan solo sé que marca,
Indeleble, la eximia estela.

 

¡Cuán bello y magno es!
¡Con tu otro lado dar!
Pues todo lo que se vé,
En ambos, ha ya de estar.

 

Llámese aquello, quizás, lo que duele,
Lo que tanto siempre se añora,
Pues la propia alma hasta la tuerce,
De no deleitar, con estas estrofas.

 

Y aún con mil de ellas,
Emanar de la humana boca,
Recuerda, pecador, promesas,
Que el viento a veces torna.

 

Si han de ser flores,
Iguales, estarán siempre,
Pero, si varían albores,
No es más que sueño de éter.

 

Relucirá cual ser que corrompe,
Que se harta, que se oxida,
Pues con más tiempo estorbe,
Ya más todo se limita.

 

Dícese del humano ser,
Espontáneo y fugaz,
Y mentira puede parecer,
¡Pero, en verdad lo ha de estar!

 

Y sin un mero aviso,
Tan rápido como surge,
Se cae, sin algo de estilo,
Lo que ya ni les une.

 

Se desconoce la añoranza,
O aquello que se estima,
Pero, es inútil venganza,
Si ahora nada vibra.

 

Pues en mi momento, nada fui,
A los talones ni alcancé,
Y eso que tanto sentí,
Me hizo entre miles vender.

 

No culpable era ella,
Tal vez, ni yo siquiera,
Pero esa anterior estela,
Ya para nada destella.

 

Tan solo, así fue,
Me cambió, y se marchó,
Más nunca le miré,
Y esta, ya no me alegró.

 

Pero, ¿De algo valió?
¿En el río se me ancló?
Aunque tanto me partió,
En mí se quedó el rumor.

 

Pues, aún yendo lejos,
Aún condenado a olvidarle,
La semilla que en mí sembró,
Me hace, por fin, perdonarle.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.