José Roberto Vásquez

LA ÚLTIMA VIDA

 

Morí a los quince años, ahora me he dado cuenta, morí en el olvido, en el olvido de mí mismo

Morí porque olvidé que el miedo no funciona mientras haya esperanza, morí por siempre, para siempre morí

Morí sin cerros y sin chaparrones, morí sin atrio de iglesia y kiosco  de cándido parque, morí para siempre

Morí sin aventuras de guayabas, morí sin tardes de melcocha, morí sin campanario  y repiques para un mandamiento nuevo

 Morí sin pensarlo, morí engañado y cuando intente volver a la vida, morí de nuevo pues no encontré el camino, me lo escondieron luego, quizá me creyeron disidente 

Me convertí en resiliente de las muertes y de las vidas, de las guerras y de las calamidades, pero morí para siempre

Ingresé  a las categorías y a las clases que son clasificadas por una sola clase 

La clase que no es capaz de obtener el sustento, la clase de relativo sostén y la clase que creé que es de otra clase y que no está excluida y al fin y al cabo el día menos pensado será de la misma clase

He muerto otras veces pero menos muerto que aquella muerte primera en la que morí para siempre

Ahora sobrevivo a cualquier muerte, por más perra muerte que sea, sobrevivo para volver a morir a cada vida

Mi media vida se convirtió en ecuación adecuada a ocho horas y doce metros cuadrados de trinchera morosa;  acabada la hora me traslado a la otra muerte en un nicho más contundente

Me hago sombra y muero suavemente, consciente solo del reflejo de mi cadáver en el pequeño espejo existente

Ahora hasta robarte un beso es muerte y perjudicial pensarlo sin consultarlo antes en clínica acreditada

He vivido otras vidas, he muerto muchas muertes, he soñado sin fronteras y he amado irreparablemente, pero nunca he vivido una vida como la que viví antes de morir y nunca he muerto como cuando morí para siempre

Sobrevivo muriendo sin librarme de la vida por que morir solo es un estilo de vida



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