Joseponce1978

Acércate a mí

Acércate a mí,

arrímate más,

verás como al fin

tendrás mi amistad.

Acércate a mí

sin miedo a soñar,

desciende a mi atril,

mantente en mi paz.

Acércate a mí,

podrás encontrar

el frágil matiz

de lo elemental.

Acércate a mí

con sinceridad,

que juego y delfín

son tal para cual.

Acércate a mí

dejándote atrás

tu estado febril

por tanto llorar.

Acércate a mí

mostrando tu aval

de humilde sentir,

sensato panal.

Acércate a mí

con presta verdad,

si vas a mentir

sigue donde estás.

Acércate a mí,

oye mi cantar

que acalla el latir

del ego abismal.

Acércate a mí

desnuda al final,

envuelta en cerril

justicia frugal.

Acércate a mí

fraguando el coral

de austero perfil

sin falsa humildad.

Acércate a mí,

verás el brotar

de un tierno jardín

surgido del mar.

Acércate a mí

sin superfluidad,

me harás tan feliz

Como agua en caudal. 

 

 

Las marcas bélicas (17 de octubre de 2018)

 

Hace una semana, mientras me encontraba durmiendo la siesta en el pueblo, tras haber estado trabajando en la granja durante toda la mañana, me desperté repentinamente al oír la voz de mi chache Antonio, que me llamaba desde el exterior de la casa. La palabra chache/a es de uso común por esta zona, y se emplea para designar a los tíos. Mi chache Antonio es hermano de mi padre, y junto a mi madrina, son los únicos 2 hermanos que aún viven, de los 6 que eran. Cabe decir de él que es un hombre que sobrepasa ya la ochentena, a pesar de lo cual, se mantiene en un estado de forma admirable. Se ha dedicado toda la vida a la agricultura, pues posee una finca de almendros de unas 10 hectáreas, más o menos, pues desconozco la extensión exacta. Y para las labores de la tierra tiene un trator oruga, con las ruedas tipo cadenas. Algo así como un Pánzer alemán al que le hubieran quitado el cañón y le hubiesen colocado los aperos de labranza. Y como digo, resulta asombroso verlo subido en la vetusta máquina avanzando a paso lento pero firme a través de los bancales, bregando con las palancas de mando, que muchas veces se encasquillan y se ve obligado a levantarse del asiento para cambiarlas de posición. Cuando camina a pie por los terrenos pedregosos, incluso a mí me cuesta seguirle el ritmo. No deja de sorprenderme como un hombre de su edad puede reunir tanta fuerza y vitalidad. Pienso que ayuda bastante el hecho de que siga tan activo. No tiene ninguna necesidad de seguir cuidando las tierras, pues tanto él como su mujer, mi chacha Concepción, disponen de sus pensiones de jubilación y podría haberse retirado hace ya muchos años a tomar el sol. Pero tiene tal devoción por sus tierras, que el hecho de cuidarlas le supone un hobbie más que un trabajo.

Cuando salí a ver lo que quería, me dijo que si podía ayudarle a bajar la maquina de descascarar almendra a su casa, pues al lado de donde yo vivo tiene un almacen donde suele guardar el tractor y los aperos. No hace muchos años, la almendra se recolectaba a mano. Se colocaban dos telones en el suelo(uno a cada lado del tronco del árbol) y con una vara se iba golpeando las ramas para que el el fruto fuese cayendo. Pero desde hace una década, aproximadamente, una máquina acoplada a un tractor, que extiende alrededor del árbol unas lonas en forma de cucurucho y mediante un soporte que se abraza al tronco y lo hace vibrar para que caiga la almendra, realiza en una hora el trabajo que antes tardaban varias personas 10 en hacer. Esta máquina, a la vez que recolecta el fruto, le va quitando la cáscara, aunque siempre suele quedar un porcentaje residual sin descascarar, y ésta se pela a la antigua usanza, con las viejas máquinas.

Cuando sacamos la máquina de la cochera y la cargamos en su coche, me ofrecí a bajar con él a su casa para ayudarle a descargarla. Tiene un vehículo de 50 centímetros cúbicos, para el que no se necesita carné de conducir, y les es muy útil para desplazarse, sobre todo cuando tienen que ir a la ciudad para hacer algún trámite o de médicos, pues mi chacha está algo pachucha y últimamente debe pasar revisiones con bastante periodicidad. Al ser biplaza, el coche dispone de un maletero espacioso que les sirve para transportar objetos. Una vez llegamos a su casa y bajamos la máquina del coche, me dijo que la iba a meter en un almacén que tiene allí. Cuando iba a abrir el almacén, yo me quedé pensando en su puerta, una auténtica antigualla, cuyas hojas son de madera gruesa, bastante maciza, posiblemente de roble o encina. El picaporte es tosco, de forja pintado en negro con el clásico cerrojo en una hoja que se pasa a través de una anilla fijada a la otra hoja. Y al abrirla,  sus goznes rechinan como si se tratara de la entrada a una mansión encantada. Todo lo cual me llevó a conjeturar que la puerta debía ser más vieja que Matusalem, y así se lo hice saber a mi chache. Su contestación fue lo que más me impactó, nunca mejor dicho. En la puerta había dos agujeros, de unos 3 centímetros de diámetro cada uno, que la atravesaban, y señalándomelos, me comentó que eran 2 disparos de la guerra civil. En un principio, pensé que estaba bromeando, algo que me extrañó, porque, al igual que le ocurría a mi padre, no son personas bromistas, pero se me antojaba raro que un proyectil pudiese atravesar una madera tan recia. De inmediato le miré fijamente y supe que estaba hablando en serio. Luego me detalló la escena, en la que unos soldados nacionales habían abierto fuego contra un habitante del pueblo que huia y que afortunadamente pudo escapar. Para ello se escondió en el hueco de una chimenea situada en una de las paredes del almacén, y sus perseguidores, luego de estarlo buscando durante un buen rato, no consiguieron dar con él, pudiendo salvar así su vida. Incluso me indicó la posición en la que se encontraban los atacantes en el momento de disparar, y todo concordaba, ya que los agujeros no eran perpendiculares al plano de la tabla, sino que la traspasaban de manera oblicua. Me imaginé la secuencia mientras introcía mi dedo índice por uno de los boquetes y acariciaba su interior, que permanecía allí, macabramente pulido, 80 años después de la contienda fratricida.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.