Hugo Augusto

Carta a mi padre en Día de Muertos

 Ciudad de México, 2 de noviembre de 2017

 

Querido padre:

 

Hoy vienes a comer a casa, es Día de Muertos. Cuando nos dejamos de ver era un joven, con un pie en Nueva York. Hoy soy un hombre de medio siglo en la Ciudad de México. Ya no se llama Distrito Federal, ahora es Ciudad de México, y ha cambiado mucho, ya dejó atrás las crónicas cantadas por Chava Flores. Ahora hay edificios muy altos y un puente en periférico. El tránsito vehicular es un dolor de cabeza y las inundaciones son peores. La capital ha resistido dos terremotos. Sí, volvió a temblar. La primera vez me buscaste junto con mi madre en la escuela. Ahora fui yo por tu nieta a la prepa 8. Tengo una hija, ya es mayor de edad, con gran personalidad, te hubiera encantado. Vivimos juntos y soy un padre soltero. He aprendido a parecerme a las mujeres, quienes trabajan, cocinan, barren, trapean, llevan y recogen a sus hijos y son felices. Conservo tu mirada y ninguna de tus guayaberas.

He llevado conmigo tus discos en cada mudanza. Bueno, me deshice de la mitad que nunca escuchaba  -el día que sentí que ya no me observabas-¿Cómo te sucedió a ti? Me di cuenta que había transitado de época el día que un niño me preguntó qué eran -señalando los long play-. Me gusta escuchar su sonido, incluido el chasquido.

 

Han pasado 21 años y todavía recuerdo el último día que pasamos juntos. Tenías bronquitis, por eso apenas probaste la copa de vino y yo me tomé la botella completa. Vimos el futbol americano, mi cabeza recostada en tu gran panza que se inflaba en cada jugada. Regresé a medianoche y de madrugada, mi hermana Ileana y yo te llevamos al Hospital Metropolitano. ¿Lo sigues rondando? El día de tu sepelio estuviste ahí, bueno, eso aseguró una doctora. Desencajada, no podía creerle a sus colegas que venían de enterrarte. Se le hizo extraño que no la tocaras, ni un beso, ni un abrazo; tus maletines de médico lo impidieron, eso notó. Quiso contárselo a mi madre, quien prefirió no escucharla. Sabía que era cierto, ella cree en esas cosas. ¿Te acuerdas de su premonición cuando volcamos en la carretera hacia Irapuato? No quería que fuéramos, soñó un largo tren y que nos sacaban de entre las puertas con dirección al cielo. Y fuimos. En el trayecto apareció a paso lento un ferrocarril, justo cuando estalló la llanta de la camioneta. Íbamos toda la familia, mis hermanas, ustedes, un par de niñas en compañía y yo. Nunca olvidaré cómo coleaba el carro antes de dirigirnos al despeñadero. Nos detuvo el muro de contención… Después nos sacaron, como lo soñó mi mamá. Sí, creyó en tu aparición, más no lo quiso escuchar.

 

Te he recordado con tristeza y enojo, te lloré y grité; golpeé el volante del carro porque no estabas a mi lado. También te escribí, fuiste un personaje en un buen cuento. Creí que había sido suficiente. Fue hasta que vi al Jevi en el velorio de su padre, recibiendo las condolencias con gratitud por haber disfrutado a su padre, cuando recordé lo feliz que fui contigo. Y sonreí. Décadas después de tu partida, te vuelvo a recordar con mucha felicidad.

 

Hoy es tu día. El camino de cempasúchil te traerá de regreso.  Te espera un corazón agradecido con una barbacoa de don Lencho.  Tomemos el vino de aquel domingo y brindemos por la vida que creaste a tu paso, por tu presencia en mí y en tantas personas más. Y después, vuelve tranquilo a tu morada, que tu familia nunca te olvida y te recuerda con grandes sonrisas.

Comentarios1

  • Sandra Ricardez Delli

    Hermoso, del fondo del corazon!

    • Hugo Augusto

      Gracias amiga querida. Un fuerte abrazo.



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