Wellington Rigortmortiz

* La Herida (epitafios de amor)

 

Tu amor se convirtió

en un cruel espectro,

terrorífico, sádico,

de morbo infernal,

la mortaja, que flotando

dejo de ser sombra

y se tornó firmamento

por un lapso doloroso

de tiempo, inútil,

miserable;

la herida mortal

que dejo tu traición

se ha cerrado,

desfigurada el alma

soporto el duelo

en constantes pésames

que tus recuerdos

con infeccioso virus

la agangrenaron,

amputándote dios

de mi vida,

la espada de un ángel

con su calor,

cauterizó la herida,

cerrándose con amor,

sellándose

con un bello y poético

epitafio tatuado en el alma,

lleva grabado tu nombre

con un idioma extraño,

inprofano, la mente

no puede descifrarlo,

y es el desvío, la señal

que alerta

a mi nueva forma de amar

a dejar de lado

las promesas torpes,

las palabras

con sentimentalismos tontos

y, a no escucharlas,

a no permitir que nadie

me las vuelva a mencionar,

solo son mentiras,

lo que la ilusión desea oír.

 

La herida mortal

que dejo tu traición

se ha cerrado,

desfigurada el alma,

hermosa se muestra,

revelándole a la maldad

y a los espectros como tú,

una inmensa cicatriz,

es una escultura de piedra

de un ángel gris

que se levanta colosal

sobre el panteón

de miles de lapidas,

todas olvidadas,

todas, tatuadas,

heridas, llevando

tristemente gravadas

sobre si,

nombres de entes

que difícilmente ahora

puedo recordar.

 

Desfigurada el alma

soporto el duelo

en constantes pésames

que tus recuerdos

con infeccioso virus

la agangrenaron,

amputándote dios

de mi vida,

la espada de un ángel

con su calor,

cauterizó la herida,

cerrándose con amor,

sellándose

con un bello y poético

epitafio tatuado en el alma

con un idioma extraño,

inprofano, lleva

gravado un nombre

que la mente

no puede descifrar,

que ahora, ya,

no quiero,

ni puedo recordar.



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