Raan

Una pregunta desde mis páginas.

Solo quieres llegar a casa y desaparecer en la cama, ya no esperas algo muy bueno de la vida y menos del destino o una bendita casualidad, pero de repente fuera de casa la alarma del reloj suena, y te marca una hora irrecordable porque ese día se quedó sin tiempo, transformándose en una estación de tu historia, marca un momento de emociones que te hacen renacer sobre quien ya eras, aparece una persona olvidada, solo para recordarte que el alma aun respira.

 

Y eso fue lo que sentí reencontrándote, viéndote llegar e irte, efímera. Y en mi pecho un amanecer y un ocaso, sin nada en medio más que tú; la hermana de la luna, la diurna, la que sale de día y ves pocas veces, haciéndome olvidar hasta el sol que me podía tocar, radiante en una luz de fantasías desconocidas. Una desconocida echa para recordar, echa para que torture saber que ella estaba allí sin saber de ti, de mí.

 

La primera vez estabas junto a mí sentada como si yo no existiera. Solo quedaba atrincherarse sin que la ilusión se permitiera, como debe ser, porque no nos volviéramos a ver.
 

Eso se suponía, pasaron meses, pero inesperadamente el tiempo y el espacio generosos confabularon en esa segunda vez, la que si ilusiona, la que te hace creer que podría estar destinada. La casualidad con menos restricciones para sentir y soñar. Te observe pasar frente a mí, como si los tacones no te lastimaran, más que a quienes vemos cómo se van sin dejar huellas que prueben tu existencia, sin que se cayera uno para poder buscarte como cenicienta, y no es que crea en cuentos mágicos pero para explicarte a ti sería una buena excusa.

 

¡Tan guapa!, que casi no reconocí a la chica sencilla de la primera vez, la que nunca logre describir, pero si olvidar. ¡Tan mágica!, que la segunda vez que te vi recordé perfectamente la primera, entre la paz de estar sentados cerca y la tristeza de que al levantarnos cada uno iría por su lado. ¡Tan vencedora volviste!, y tanto después, que me dejaste sin muros ni reflejos para defenderme, me desarmaste en cada paso.

 

Caminando me arrastras la voz, sonreí hasta dormir y no me importo enmudecer desde esa tarde, ya que no puedo hablarlo más que en páginas, me dejaste con una sonrisa tan tuya que no me di cuenta que mi poesía ya no era el misma hasta que intenté escribirte y recitar sin encontrar la vocalización correcta, sobre las guerras que quería darte desde la memoria en que te guardaron mis ojos. Mi voz y más de la mitad de mi alma debe estar contigo, ser tuya, porque ya no hago más que seguir queriendo recitar sobre la paz que vi en tu piel y el calor en el que vuela tu sombra; eran suficientes para que un corazón frío sin desnudarlo, experimentado sin mentirle o cegarlo pueda fácilmente dormir, dudar, querer o hasta cambiar.

 

En mis poemas imaginando respuestas de tu boca en mi boca. ¿¡Cómo no hacerlo 'como no arriesgarse!?, ¿¡Desde tu primera desaparición como no ratearme a escribir sobre nosotros!?

 

"Aunque nada exista" ese fue el título de la primera dedicatoria que te hice, ¿¡cómo no desear verte otra vez!? Si la sola anticipación de tu presencia asusta. Se nublo el mundo ocultando a los ángeles, demonios y a ti , y a ti entre la gente y lo real, te espere como si la magia te hiciera volver, hasta que mis nervios por verte de nuevo fallecieron, dales vida de nuevo, me fui deseando tu regreso, siento escalofríos si paso solo por esa calle. Aparte de lo que te llevaste en ese parque quedaron trozos míos esperándote, no porque quise, sino porque persistieron mas que mis pies estáticos, más que el frío del viento la lluvia y lo desconocido.

 

Ese aliento del alma que provocaste ahora debe estar allí a tus pies o en el marco de tu ventana, como soldado en misión, mi voz queriendo llegar a vos, de noche intentando ser sentida, escuchada, fría y muda, marchitada, lejos de la pasión que le da mi corazón. Debe ser ese frío nocturno en tus pies helados, queriendo calentarse en tus manos, saltando de tus dedos a tu cabello cuando te lo acaricias usando tu mano como almohada, como si hasta dormida sedujeras, ese frío que llueve de madrugada entre tus cabellos a tus orejas como cascada, ese frío es mi voz cansada que apenas llegas a escuchar como un susurro de mi respiración, y pregunta desde mis páginas, "¿Contigo, cómo no ponerse romántico?"

 

Si por casualidad o destino, yo en pedazos me completará de nuevo, y mi corazón volviera valiente a mi pecho; latiendo, gritándole con mi alma a mi voz que regrese, y desde mi garganta con fuego de mi corazón te diga algo, si le escucharas, y preguntara torpemente tu nombre. Y yo cada segundo un poco más completo y complejo, cerca de ser una nueva persona, aun con mi alma en mi pupila y el paraíso en la tuya, no supiera contigo cómo no ponerme romántico, y aquella sonrisa volviera y con ayuda de mis ojos sin palabras, en silencio te confesaran que un día te vi pasar frente a mí y en esos pocos segundos me imagine todos los días de una vida, una muerte y otras más, contigo.

 

¡Y eso fue desde la primera vez que te vi y la siguiente que te sentí!

¡Ahora, amor, recordemos nuestro primer beso!

 



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