Juan Benito Rodríguez Manzanares

El funambulista

(Cuartetos endecasílabos)

 

 

 

El gran circo anuncia en su inmensa pista

una de sus atracciones mejores,

y para recibirla con honores,

un aplauso dan al funambulista.

 

Con unas mallas y en las manos talco,

aparece en el cielo de la carpa,

y en los primeros compases de un arpa,

su gloria regala a platea y palco.

 

Un enorme silencio en el aforo,

envuelve tan sorprendente atracción,

y murmurando una vieja oración,

el funambulista como un tesoro,

 

sujeta la pértiga más que fuerte,

esa tarde no lleva protección

y aunque ha hecho mil veces esa actuación,

sabe que coquetea con la muerte.

 

Pone el primer pie sobre el fino alambre,

y éste se mueve de forma inusual,

su corazón se agita, algo va mal…

Su cuerpo se cierne como un estambre

 

mecido al viento de la primavera.

Y con cierto temor da un nuevo paso,

mirando en la lona su cielo raso,

esquivando todo miedo y quimera

 

que le supone el tercer paso dar.

La pértiga se le vence en un lado.

Los dedos pasan de blanco a morado…

y el miedo al fin no puede controlar.

 

Queda inmóvil luchando por su vida

mientras que suspendida en el ambiente,

la tragedia se espesa y se presiente,

una cruel e irremediable caída.

 

Hay quien tapa los ojos infantiles

de su sobrino, hijo o algún pupilo,

mientras con su corazón y alma en vilo,

el aforo enlaza frases febriles.

 

Al fin la pértiga cae a la pista,

y con ella cae también su moral,

que entre gritos y un estruendo infernal,

golpea en el suelo al funambulista.

 

Los payasos comienzan a bailar,

y mientras lo retiran con cariño,

al fondo se oye la risa de un niño…

¡El espectáculo ha de continuar!



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.