Alberto Escobar

Amante y Amado

 

 

El amado cree merecer lo que ha vivido.
Barro cocido al calor del horno maternal
que desea perdurar la calidez mamada
en el amante.
El amante es perro de presa que vive
montaraz en necesaria busca.
Jugador de apuesta corta y constante.
Tahúr que gana migajas que hacen pan
con el tiempo.
El amado es luna que depende.
Es desvalido que se hace a la sopa boba
del intenso fulgor del amante.
El amado exige porque es quien recibe,
y por ende lo pide todo.
Es hijo de la inercia que lo modela, como
masa objeto del torno del alfarero.
El amado es rehén de sus ideales principescos.
Quijote que en su pasividad aspira a la utopía.
Procusto que invita al amante a yacer sobre
su fatal lecho para ajustarlo a sus medidas,
tal que si sobresalen sus pies los corta y si
quedan cortos lo descoyunta a martillazos
para después estirarlo.
El amante es el Sol que alumbra al amado.
Es el fuego y la leña frente a la chimenea que
espera.
El amante depende de sí mismo, el amado es
el satélite que tendrá vida si recibe el fulgor
conveniente.
El amante puede, en determinado momento,
recoger sus aperos de labranza para sembrar
en otros campos y dejar al amado en ascuas.
El amante lo da todo en un instante.
El amado no da nada. Lo espera todo.
La Felicidad reside en el dando.
Eso explica la desdicha del amado.



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