Leonardo Demian

El día que dejé que se cayeran las hojas

El día que dejé que se cayeran las hojas de los cuadernos fue el mismo día en que deje que las tazas de café quedaran sin lavarse, el brazo de la guitarra comenzó a curvarse en la esquina donde la olvidé a propósito, la lluvia oxidó las bisagras de las puertas y dejé de escuchar el timbre del teléfono, que nunca volvió a sonar.

El cenicero quedó resguardando las últimas 21 colillas de cigarro que le obsequié, guardó el olor amargo, húmedo, como de entierro,  de mis inútiles horas a su lado y el calor que ya no transmitirá a mi pierna derecha.

Con el tiempo dejé que las tardes corrieran fuera de mis ventanas, que ardieran con los medio días más calurosos de todos los años, que azotaran los atardeceres más dorados, que las lluvias se desgarraran contra los cristales que no se abrirían; las noches apagaron incontables bullicios de ciudad, escándalos de barrio, ferias y músicas, y apagaron a la gente que se hartó de buscarme, de esperar que asomara mi esperanza a la calle, las noches secaron las plantas bajo mi ventana y trajeron hierbajos al tejado para mirar como hubo y luego no hubo más lunas visitando mi casa; los amaneceres olían a cualquier otra hora del día, no se servía café, ni rebanadas de pan untadas de miel de abeja, ni frutas.

Mi sombra fue lo último que dejé, encerrada entre las sombras de recuerdos, maldiciones lanzadas al aire, lagrimas secas en la alfombra y risas estampadas en los tapices y los muebles y las fotos y los libros y los sueños y deseos que solo una almohada recuerda.

Cerré la puerta con todas las llaves que pude, las que fui tirando en el camino, mientras recogía abrazos desconocidos.

En casa dejé una naturaleza muerta que apenas visualizo cuando cansado de caminar me tiendo en la banqueta, y tiro fuerte un poco del cielo hacía mis ojos y escondo mi frente quemada al sol con el brazo izquierdo.

Tomo la moneda que engrandece el espíritu del samaritano por unos minutos, unas cuadras, hasta que se encuentra con el siguiente vagabundo, me aseguro de ser siempre el primero que vea ese buen samaritano.

Nombro uno por uno a todos quienes me han amado, recuerdo cómo me han amado y les amo entonces, desde mi desvarío de dejar de contar el tiempo y las facturas, desde mi capricho de hacer lo quiero a partir de lo que puedo; les veo sonreír como nunca lo hicieron y les sonrío como nunca me verían hacerlo si no hubiera dejado de estar cuerdo.



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