Leonardo Demian

una hojita perfecta

Cae una hoja de un árbol.

No es una hoja seca o marchita, en realidad es verde, nueva, apenas un brote.

No se han definido su nervadura ni su fragancia, si es que la tiene.

Se ha soltado de la rama, así no más, apenas al primer rayo de sol.

Es como si hubiera estado esperando el momento del brote para, de inmediato, dejarse llevar por el viento; como si llevara mucho tiempo ahí, esperando, formándose a sí misma sin saber que era.

Pareciera que estuvo soñando con el mundo, con la vida, con esa caída que es inevitable, con el baile al que el viento la llevaría.

Quizá sintió miedo al momento de soltarse, quizá por un muy breve instante quiso volver a sujetarse y no apartarse hasta estar bien lista; quizá, pero quizá también, ahora que vuela por el aire y surca una finísima sombra en el suelo, quiera volver a soltarse, una vez, y otra, y otra más, tan solo para revivir ese nacimiento; quizá.

Esa hojita, tan nueva y fresca, tan impulsiva y ligera, tenía que aprovechar esa precisa ráfaga; porque la reconoció cuando recién la estaba tocando. Sin duda, esa ráfaga de viento era su momento de nacer.

Ahora está de viaje, cayendo a donde tiene que caer, cayendo hacia el misterio que debe revelar, estará ahí, entre todas las demás hojas caídas, brillando y atrayendo por su peculiar juventud.

Pudiera ser que en el viaje cambie, un poco de algo y un mucho de poco, casi seguro que cambiará, pero será la misma hoja nueva que decidió cuándo quería soltarse.

Será una historia que, de entre todas las demás historias, decidió escribirse en el momento que más le pareció perfecto. Será, así, una hojita perfecta.



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