Kristian Rueda

A la niña de mi encierro (La pequeña Remedios)

Sus manos ásperas y a la vez tan suaves, que no daría por desplomar mi rostro en ellas.

Mi corazón la niebla de ternura al verla tan frágil y aún más cuando murmura su voz en risa, su risa de una vida sin escándalos y remuneraciones de caídas inútiles; mis ojos se precipitan al cielo (antes de lanzarme al olvido) a besar los suyos antes de que alguien derrame una mirada custodia, antes de que el mundo de un vuelco y todo comience a ser lo mismo (de caminar por horas con los pies bien fijos ya hasta me duele el inconsciente, buscando una ciudad sin gente, donde solo haya una estación tan leve como su nombre, es una lástima que no se pueda llamar primavera, se consideraría plagio).

Pequeña y fuerte, la veo tan triste y a la vez sin amargura. Pérsigo hasta su sombra para adornarla de flores; pero ella no lo sabe. Cuando anuncio un beso suelo pronunciar una mirada preexistente (pero ella es quien le da un significado a las miradas que me brotan de los ojos como mariposas).

Es una visión remota, y cuando juega a la pelota, las palaras más elaboradas me abandonan y solo Dios y yo somos confidentes de lo hermosa que se ve cuando la brisa corre a ser acariciada por su risa y mi ser se bate en lucha para robarla a la vida las palabras que me acusan. Sus pies descalzan la lluvia y allí me dedica una mirada con la que manifiesta una expresión de amor a cuenta gotas (es como una dosis estrictamente necesaria cuando estoy con ella).

El sol le brota al sonreír y una diadema de zafiros le posan las nubes en el pelo y yo apenas puedo decir que amanece realmente cuando ella me mira (allí es cuando despierto cuando a ella la veo). El frío suelo en un magnético movimiento le roba hasta la esencia del agua que su piel baña, su pureza acaricia y desviste las nubes con decencia.

Cuando le desviste ahora ella a una flor que desiste misteriosa la seda que le viste, pero más desnuda que su flor veo sus manos y un pétalo se vuela extinto que se perdió en sus labios; para volver a tocarla una lagrima se extiende y en una fuente se arrulla su aroma y se pierde.

Dulce niña, prisionera en la rutina (pero más libre estás que el cielo al menos), ahogada en el consumismo de los días que no advierten, rescataste mi silencio mientras yo me pierdo en la soledad que hoy ocupas tú, no recuerdo como te llamabas antes de llevar su nombre, solo sé que en un insulto pronunciaste el mío el día que nos presentó la vida. Ahora de mí, hasta las palabras huyen. Tu cuello de cristal adorna la luna, mientras en tus ojos una mirada me interroga, o tal vez me arroja a un vacío sin altura, a una noche sin tus ojos, a una vida sin tu nombre (he vuelto a ser un niño, pero tus ojos siempre serán mi adagio y mi prosa).

Dudo sientas lo mismo, pero el corazón me rasga el pecho y me amenaza en explotar si antes no escribo esto. Multiplicaría y dividiría niña mía, con naturaleza, Bolívar y sociales si la eternidad tus ojos e inocencia lo ameritan. Bien sabrás (espero que el valor algún día me alcance) que tu cabellera es mi bandera y Bolívar mi colega, que tus ojos sin límite son mi limite (y allí sucumbiré) y mi última frontera.

Mi nombre se desmenuza en tus labios (evento constante antes de que me despiertes, o naturalmente antes de despertar en un sueño sin tu blanca frente) de dulzura, suena aún más lindo cuando está entre ellos.

Te veré de nuevo la esperanza me lo asegura, cuando la noche se desnuda y la tarde roja (como tu cuando ríes livianamente) cae a muerte en su última y desgastada lucha. Ahora no se si estás o estoy, si estoy tal vez lo suficientemente lejos como para soñarte o estás (estoy, estamos; que se yo) lo suficientemente cerca como para recordarte mientras mis labios resbalan en movimientos de inercia para que mis palabras te alcancen (dudo que a mí me alcancen, frente a ti siempre me secuestra el silencio)  

Dulce niña, ya no hay quien te custodie, en tu libertad que va más allá de las alas (tú las llamas pestañas, pero cada quien con sus esquemas) tan solo te custodiará mi ternura taciturna. Cuando me rozan tus manos toco el cielo más alto y allí es cuando más te extraño; la libertad que nos separa, pero a ti nunca te abandona y la distancia de vivencias que delante de ti se hacen mínimas... a todas estas siempre besaré tu nombre, dulce niña mía.    

  



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