Gerardo Barbera

EL ROSAL

 

El rocío se desvanece

en el azul infinito,

en la sonrisa de la noche.

Mi Hija despierta,

el reflejo del ave

se hace transparente,

la tenue caricia

del amanecer,

la primavera

y sus cantos,

la voz mística,

el canto de mi Hija.

 

Me acostumbre:

"Señores, ¡buenos días!,

disculpen que les robe

un minuto de su tiempo.,

mi Hija está enferma

y necesito comprarle..."

Así de simple,

me acostumbré.

 

No hay espacio

para el orgullo,

la tristeza en cada frase,

el silencio,

la quietud del tiempo.

Mis manos tendidas,

sin rostros en mi mente,

sin odios,

sin resentimientos,

sin dolor,

"...¡Gracias, y que el Señor 

se los multiplique!".

 

Zapatos viejos,

arroz y mantequilla,

arroz y huevo,

arroz y agua.

Un par de calcetines,

dos pantalones,

dos camisas,

pocos dientes.

 

 

Mi rostro suplicante,

¡Dios, sólo me falta

la botella de licor barato,

y dejarme arrastrar

mar adentro!

Ella, mi Hija,

no sabe nada,

no sabe de

mis zapatos sucios.

 

Los brotes,

las dos hojas,

el sol,

el inicio,

la cascada,

el rumor de sus gotas,

el ave en la fuente,

el jardín...,

el amor y sus recuerdos.

 

¡Dios, ahí estaba Ella!

tocando las flores,

acariciando el follaje

de los naranjos

de la infancia.

¡Dios, ahí fuera de la cama!

La silla de ruedas,

nube de alas mágicas,

la Biblia,

su manos blancas,

la vida empezaba.

 

Yo,

tan racional,

agonizando en la cruz.

Desgarrado al verla

tan desvalida,

tan pálida

con sus alas caídas.

Ella alzó su alma

y el cielo se abrió.

El jardín...,

después de tres años.

 

Todo estaba ahí,

como antes,

cuidé cada detalle,

sus rosas,

las que sembraron

hace tantas noches

Ella y la Madre.

Se acercó al rosal,

me miró,

su voz :

"¡Gracias, papá!"

Me abrazó.

 

 



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