Edmundo Onofre

MEDITAR PROFUNDO Acomodo apuntes que están en mi memoria, los borro, corrijo uno a uno para que se lean bien. Ensayo su lectura en voz alta, los vuelvo a corregir. No suenan bien. Rehago distintas páginas hasta alcanzar la perfección: retratar en plenitud la vida y cada una de sus vivencias. Luego, bajo el brazo, me voy con todos ellos a los lugares más desolados de la tierra, los grito a viva voz, pronunciándolos a la perfección, utilizando mi mejor prosodia, digo una a una palabras que lo conforman. Mi lúcida mente modifica los últimos errores, los hacían parecer vagos, imprecisos. Mi vista se eleva sobre las más altas montañas, diviso a lo lejos, en tenuidad, comarcas desvanecidas; auxilio mis primeras lágrimas: precipitan tristes. No. Las palabras tantas veces ensayadas, corregidas, ni una de ellas sirve para consolar lo melancólico que repentinamente ha nacido: el baño de pena. Bajo el interminable pasar de nubarrones alzo mis manos a cimas escarpadas de silencio, y medito continuos mensajes de sabiduría que algún día, en algún lugar aprendí de memoria... despierto en otro momento, en otro estado. Me obligo a corregir nuevamente... tantas veces modificado 98 y otras tantas que los ensayo. Mi cuerpo transformado otra vez de imperfecciones, superado nuevamente por lo absoluto, decaigo en mares de depresión... errante vivo, y en el ocaso, la invitación sin límite, me saca moribundo a renacer de la nada. Peregrino por laderas inclinadas, tropiezo con tempestades áridas que nublan mi vista, haciéndome afirmar en gélidas granizadas para así retomar la verdadera ruta. Aguardo amaneceres púrpuras, azafranes que me deslicen sin dificultades y mi vista recoja la sabiduría diseminada a cada paso, en cada meditación. Quiero dormir oculto en lo invisible, percibir aromas irradiadas de virtud, sumergirme en lagos donde habita la verdad, escuchar los perfectos sonidos del alma... añoro el pasado que se fue, ése, el que jamás volverá. Y en el más extraño sueño que me envuelve, caen abruptas mis manos, el peso de mi cabeza no soporta ni el más mínimo razonar. Aún así, lucubro en el más absoluto silencio, en la máxima soledad... El tiempo no existe, el espacio es otro, distinto al que alguna vez experimenté. Muero y revivo a la vez. Tomo de nuevo mis ajados apuntes: los leo y los releo... ahora suenan bien y son perfectos, los repaso y me los llevo bajo el brazo a pregonarlos a otras latitudes.

MEDITAR PROFUNDO

 

MEDITAR PROFUNDO

Acomodo apuntes que están en mi memoria,

los borro, corrijo uno a uno

para que se lean bien.

Ensayo su lectura en voz alta,

los vuelvo a corregir.

No suenan bien. Rehago distintas páginas

hasta alcanzar la perfección:

retratar en plenitud la vida

y cada una de sus vivencias.

Luego, bajo el brazo, me voy con todos ellos

a los lugares más desolados de la tierra,

los grito a viva voz,

pronunciándolos a la perfección,

utilizando mi mejor prosodia, digo

una a una palabras que lo conforman.

Mi lúcida mente modifica los últimos errores,

los hacían parecer vagos, imprecisos.

Mi vista se eleva

sobre las más altas montañas,

diviso a lo lejos, en tenuidad,

comarcas desvanecidas;

auxilio mis primeras lágrimas:

precipitan tristes.

No. Las palabras tantas veces ensayadas, corregidas,

ni una de ellas sirve para consolar

lo melancólico que repentinamente ha nacido:

el baño de pena.

Bajo el interminable pasar de nubarrones

alzo mis manos

a cimas escarpadas de silencio,

y medito continuos mensajes de sabiduría

que algún día, en algún lugar

aprendí de memoria...

despierto en otro momento, en otro estado.

Me obligo a corregir nuevamente...

tantas veces modificado

98

y otras tantas que los ensayo.

Mi cuerpo transformado

otra vez de imperfecciones,

superado nuevamente por lo absoluto,

decaigo en mares de depresión... errante vivo,

y en el ocaso, la invitación sin límite,

me saca moribundo a renacer de la nada.

Peregrino por laderas inclinadas,

tropiezo con tempestades áridas

que nublan mi vista,

haciéndome afirmar en gélidas granizadas

para así retomar la verdadera ruta.

Aguardo amaneceres púrpuras, azafranes

que me deslicen sin dificultades

y mi vista recoja la sabiduría diseminada

a cada paso, en cada meditación.

Quiero dormir oculto en lo invisible,

percibir aromas irradiadas de virtud,

sumergirme en lagos donde habita la verdad,

escuchar los perfectos sonidos del alma...

añoro el pasado que se fue, ése,

el que jamás volverá.

Y en el más extraño sueño que me envuelve,

caen abruptas mis manos,

el peso de mi cabeza

no soporta ni el más mínimo razonar.

Aún así,

lucubro en el más absoluto silencio,

en la máxima soledad...

El tiempo no existe,

el espacio es otro,

distinto al que alguna vez experimenté.

Muero y revivo a la vez.

Tomo de nuevo mis ajados apuntes:

los leo y los releo...

ahora suenan bien y son perfectos,

los repaso y me los llevo bajo el brazo

a pregonarlos a otras latitudes.



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