Alberto Escobar

Don Ramón María del Valle-Inclán

 

 

No hay desgracia en el mundo, por grande
que sea, que un libro no ayude a soportar.


                                                     Stendhal

 

 

Me gusta caminar sin dirección por
el Callejón del gato, enfrentarme a
los espejos cóncavos que guardan
en la memoria la figura grotesca de
Don Ramón, o mejor dicho, lo que
me gusta de verdad es sentirme en
la piel del insigne gallego, lucero de
mis letras, talento sublime y crisol
de cultura y lenguaje.

En mi primera cita con él me enseñó
a amar el teatro escrito. Su estilo es
la epifanía de la sal de la tierra que
lo vio nacer, las leyendas que corren
bajo el subsuelo celta de su niñez se
hacen carne en su puño florido.

Su verbo retumba aún en los tabiques
de los cafés madrileños que florecieron
al cloqueo de los intelectuales hispanos
que bullían espoleados por el progreso,
allá por los albores del siglo veinte.

Cuando me visita la apatía o la abulia no
hay mejor caricia que acercarse al hogar
perfumado de sándalo que vuela de las
páginas de sus Sonatas y de los poemas
de su nutrido y vigoroso repertorio lírico.

Saberme orondo amorcillo de sus retablos
costumbristas, que se erigen en frescos de
una España que se contoneaba sabedora
de sus embrujos ante el feliz porvenir que
se avizoraba en lontananza.

Fuiste un gran prodigio que se desparramó 
a horcajadas entre dos siglos, o quizás solo
el fruto del azar que lanza al viento esencia
de blancas corolas para perfumar de alelíes
y cardamomo el parnaso de las artes.



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