Alberto Escobar

Aporofobia

 

 

Aporofobia, ¿Qué es eso?


Cerca de donde vivo, en un pequeño parque a modo
de isleta inundada por el tráfico y el estrés, aguarda
la muerte un desdichado ser rodeado de los enseres 
que ha podido arramplar, a buen seguro gracias a la
ayuda inestimable de algún alma caritativa.

Suelo pasar por allí, casi todos los días, al dirigirme
a mi trabajo, y lo veo, durmiendo, si es de mañana,
u observando el fluir de los vehículos y transeúntes
que se ciegan ante su presencia, si es por la tarde.

Solo una vez intercambié con él unas palabras, en
concreto unos pistachos que aceptó con ganas y con
reservas respecto del poder de sus muelas para dar
buena cuenta de tan apetitoso manjar, por lo que
detuvo mi excesiva generosidad con agradecimiento.

No siento la aporofobia como parte de mí, aunque sí
noto cierto recelo por tratarse de un ser diferente; lo
distinto crea un instintivo rechazo por desconocido.
Me simpatiza con él pensar que nadie somos ajenos
a la desdicha y que la vida es tan perversa que puede
darnos un revés y descuajar nuestro palacio de papel
en un abrir y cerrar de ojos.

Entiendo el recelo del prójimo hacia los caídos en
desgracia porque no podemos evitar la dictadura
del sentido rey, el de la vista, como vara de medir
del juez que llevamos dentro.


Su aspecto, en este caso, es, como no podría ser de
otra manera, tan descuidado que su piel dibuja un
lecho de hojarasca que reposa sobre el humus de
los soldados que han dejado sus vísceras, que yacen
desnudos ante el balanceo inexorable del péndulo.

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