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Tormentas

Y ahí, sobre el frío del azulejo rojo estaba ella,
con sus manos tomaba el herraje de su ventana,
Deseando fundirla, desaparecerla ya no verla,
Deseando en mis brazos ser prisionera.

Ahí cual desquiciados éramos dos,
Aferrados a nuestros aromas que nos traía el viento,
Junto con murmullos de deseo y te quiero,
Y en las miradas el tiempo era eterno,
Ambos siendo tormentas anclados en otros puertos.



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