Jorge Briceño

El profeta

Allá tras unos bosques fríos, allá en la proximidad de en un suelo casi infértil

reposa en su humildísima cabaña  un  pobre anciano.

Además de la edad, la sed, el hambre y el frío, lo atormenta el mañana como costumbre.

No por vocación sino por una clara y perpetua incertidumbre.

Sin poder trabajar, abandonado, ulceroso y cojeante,

sin un motivo para reír; ya conocedor de su verdugo,

se deja llevar de vez en cuando por la brisa y el cielo infinito,

mientras muere de decepción y agoniza lentamente.

 

 

 



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