Heliconidas

Los Cristóbal

En la ribera del Duero descansan los huesos
remotos de mi consanguinidad ibérica.
Los primeros Cristóbal fueron fieros profesos
de la reconquista. Casta briosa y quimérica.

Sobre un blasón de hierro, los guardias y atalayas
en las torres crearon la resistencia primera.
Las montañas del norte fueron antemurallas
invictas que forjaron tu yelmo y tu cimera.

El Mio Cid, una espada, un escudo de armas,
sombras espectrales de tu armonial colorido.
Todo ha sido arrojado a las herméticas garmas
de la heráldica. De una historia que es olvido.  

Generaciones que surcaron tu río humano.
Nobleza guerrera que se perdió en mil historias
de hambre y miseria. Ante el suelo americano
se postraron humildemente tus viejas glorias.

Hasta que un buen día, de Burgos a Mar del Plata,
cargando su Cristo, a mares del sur se hizo
el nuevo hombre en busca de su desiderata.
Y allí plantó el albur de un nuevo árbol macizo.

De ese árbol, que es más para mí un enigma,
brotó la estirpe del que soy. Una frágil hoja
al viento en búsqueda de su ancestral paradigma.
Como un náufrago perdido en una paradoja.



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