Alberto Escobar

Ícaro

 

 

Me sentía encerrado
Privado
El rey Minos no quería
Todavía
Que la isla abandonase
Posarse
Mi libertad alzarse
Privado de esperanza
Todavía con templanza
Posarse o elevarse.

Osó desafiar la autoridad.
Su padre pone su ciencia
a su disposición.
Dédalo lo empuja.
Él no se queda atrás.
Ícaro en brazos del arrojo
de su juventud se lanza.
Recorre leguas y leguas
procurando no volar
demasiado alto, por el sol,
ni demasiado bajo, mar.
El calor del sol amenazante
y cercano, por una vez,
obró la desgracia.

Ese trozo de mar que se ofreció
cóncavo a su sepultura recibió
el nombre de Icaria. Así lo quiso
su padre, que lamentó su saber.

Dédalo, a cuyo timón reinaba la
sabiduría de los años, llegó sano
y salvo, con honores, sin hijo.
Sicilia lo recibió con Cócalo
como maestro de ceremonias.

El atrevimiento es la pimienta
de nuestras salsas, asumamos
el riesgo de salir escaldados.



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