Alberto Escobar

Sostiene Pereira

 

 

Pereira, asomado al ventanal de la redacción del
periódico de Lisboa, observaba con delectación el
estuario del Tajo que, desde su perspectiva
privilegiada, resplandecía de azules metálicos y
verdes pasteles difuminados por la bruma
acostumbrada a esas horas matutinas.

Pereira, que se sabía un periodista señalado por
Salazar, quería llevar una vida tranquila, pacífica
para con el régimen y lo más sana posible, dentro
de los sinsabores de lo cotidiano.

Estaba algo pasado de peso, se sentía incómodo en
el cuerpo que le tocó soportar y la rutina de su vida,
maniatada por los rigores políticos, le congelaba la
alegría necesaria para subsistir.

Toda esa grisalla existencial saltó por los aires al
toparse con un joven filósofo y su novia, Monteiro
Rossi, que le habló de la muerte.


Su atonía cotidiana se tornó compromiso contra las
injusticias y la falta de libertad reinantes en su pais;
asumió que el tiempo de que dispone en este mundo
es único y el mal circundante debía ser conjurado de
inmediato.

 

Soy solo un susurro sin sentido
Un leve viento que vuela en vilo
Un ser anodino ajeno al bramido
de un pueblo ahogado en un Nilo
de injusticias y muerte, que ha sufrido.
La muerte me sacó de un zafio silo
de indiferencia para despertarme
del letargo impuesto por los gendarmes.

 

 

Monteiro Rossi fue asesinado por que hablaba de la
muerte. La muerte de mi mujer me aplastaba el
hígado maltrecho por la enfermedad y el hastío.


El asesinato de estado al que molesta... los dos nos
ganábamos la vida en un periódico adúltero, un
caracol abandonado al azote de la marea, sin vida,
sin libertad.

Me revelé, sostengo, porque la vida se me cruzó en
mi camino para abofetearme, despertar del letargo,
del conformismo.

 

¡Era tanta la miseria que me rodeaba! no podía
seguir mirando al otro lado por miedo...
Rossi fue el enviado de Dios, enviado de gloria y
energía...

Su muerte fue la gota que colmó el vaso.



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