Hugo Augusto

Cacahuate (maní)

Pequeña, desde que lo viste sabías que te aguardaba dentro de aquella bodega oscura de la Portales, iluminada por el colorido de figuras fantasiosas, estáticas, de cartón, huecas por dentro. Había más de cien, eso dijiste. Se encontraban en el piso, en estantes y otras colgadas. Todas, o casi todas te miraban atentas, ninguna tanto como la que te atrajo.

 

     Tus ojos brillaban más que los suyos cuando la abrazaste, alazán de hechura perfecta, erguida por su linaje, de temperamento brioso, crin del color de tu cabello, rienda y silla de montar bien delineadas; solo le faltó relinchar de gusto. No lo pensaste, fue la elegida para tu fiesta de cumpleaños.

 

     Transcurrieron los días, Cacahuate, como la llamaste, se convirtió en tu corcel de inolvidables travesías. Cabalgaron por selvas y desiertos, juntas cruzaron mares y montañas; decías que volaba. Sin embargo, Cacahuate estaba lista para ser endulzada y sacrificada en gran festejo. Rodeada de dulces, frutas y juguetes, me dirigí por un cuchillo, a fin de abrirle el lomo y rellenarla de la ofrenda en honor tuyo. No pudiste con la idea, te pusiste enfrente con lágrimas en la cara. Soberana princesa, le perdonaste la vida.

 

     ¿En qué momento se me ocurrió comprar una piñata de ese tipo? ¡Con una olla de barro y sus siete picos hubiera sido suficiente! Accedí a tu deseo, aunque te puse una condición: se rompería al siguiente cumpleaños.

 

    Regresamos a la Portales por uno de aquellos seres extraños agolpados. Ya no me parecieron coloridos. Escogí uno de poca monta que pagó el destino del caballo de mi pequeña amazona que cumplía siete años.

 

    Eras una jinete de verdad. Cada ocho días íbamos al Ajusco donde montabas a Chiquela. En ella aprendiste a andar a paso lento, trotar y hasta galopar; también a dar pequeños saltos. Te veías tan hermosa; sin embargo, perdiste la confianza. Tu mamá comenzó a trabajar con un horario de sol a sol y entraste a una estancia infantil con su mismo horario. De la escuela, a una morada llena de juegos, donde tu madre te recogía entrada la noche. No te gustó ni tantito; bajaste en calificaciones y actuabas rebelde, hasta te olvidaste de Cacahuate y demás juguetes. Durante meses no pudiste galopar a Chicuela. Fueron tiempos difíciles.

 

    Más adelante te pudimos cambiar de escuela, una cercana a mi casa, al tiempo que encontré un trabajo que me permitía comer contigo. En lugar de la estancia, ibas a nuestro hogar, bajo el cuidado de Consuelo y en compañía de su hijo Miguel. Escuchábamos discos de acetato mientras comíamos, lo que disfrutabas mucho. Regresaba a mi jornada laboral y luego Consuelo a su casa, mientras esperabas poco tiempo a tu mamá. Te volvió la alegría y también la confianza.

 

    Un domingo me dijiste que galoparías. Montaste a Chicuela, la cabalgaste a paso lento, la trotaste por la pista: de esquina a esquina, en zigzag, hasta que llegó la orden de sacarla a galope. Lo intentaste, como tantos domingos lo habías hecho sin éxito. Chicuela siguió a trote, no obedeció. La entrenadora se acercó a ti y algo te dijo. Tu rostro era serio, estabas concentrada. Apretaste las piernas, jalaste la rienda y el fuete impactó el anca derecha de Chicuela. Salió disparada. ¡Grité de emoción! Regresamos contentos a casa.

 

    De nuevo se acercaba tu cumpleaños. Esta vez fui implacable, el ritual se llevaría a cabo. Cacahuate colgaba de la cuerda y al cántico de “dale, dale, dale”, fue descomponiéndose en triste figura. Refugiada en los brazos de tu mamá, vino el llanto. Nunca le diste un golpe a tu piñata. Mientras los demás niños se abalanzaban por los dulces que caían del cuerpo desbaratado, tus manos sujetaron la cabeza de Cacahuate que mantenía la mirada expresiva, como cuando te vio por vez primera en la Portales. Tus amigos se encargaron de que volviera tu sonrisa a tu cara. Fuiste generosa y valiente, atributos de una buena princesa.

 

    Fue tu última piñata, ya pronto dejarías de volar con caballos y de conquistar el espacio. Te confieso mi remordimiento: no podía ver la cabeza sacrificada de Cacahuate en tu recámara; no soportaba que sus ojos de cartón siguieran mis pasos. Muchas veces quise deshacerme de ella. Enterrarla hubiera sido lo más propio. ¿Quemarla?, no fue necesario. Un día cualquiera te semejaste a mí y tiraste el último reducto de tu infancia.

 

Te amo,

 

Tu papá, Hugo Augusto

 

Otoño 2015

Comentarios1

  • Caesar7

    Muy profundo, esta muy bueno. Me dejo pensando. Algo tan pequeño aveces puede tener gran importancia.

    • Hugo Augusto

      Gracias. Qué bien que te gustó. Saludos.



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