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La ciudad.

La ciudad inicia con un espectacular enorme bendiciendo la entrada con un “Bienvenidos”,
asfalto largo y plano, en ocasiones agujerado con parches en el camino para disimular que eres bienvenido.

El tramo es largo en la civilización a medias, baldíos por los rededores, al lado de grandes complejos industriales, hogares gigantes que quedan vacíos por sus habitantes, salen, corren,
buscando el pan, entregando el tiempo, para alcanzar un poco más de comodidad, los más pequeños se escabullen entre los libros vacíos en la aulas del olvido, con los docentes de plástico que hablan y enseñan a medias por las penas.

Son grandes los rectángulos donde se encuentran las miles de casa iguales, bonitas, del mismo color, por lo regular blancas, para no alterar el orden, ni la simetría, ni romper con la igualdad de la misma rutina.

Avanzas kilómetros, metros, y observas a los lados obras arquitectónicas que parecen arte, pero dentro de ellas encuentras cuadros de dos metros de área, donde se encuentra un escritorio, una máquina y miles de páginas en blancas o con palabras raras, que un solo hombre tiene que volver a checar, acomodar, etiquetar en su labor de diez horas o doce horas, por un salario para completar el almuerzo, el sustento de la familia.

Tomo una curva el asfalto desaparece, me encuentro con el sigilo de la ciudad, cartones, carteras, sirven de casa, de techo en esta área, huele a cloaca, personas muestran la cara, en ellas veo tristeza, dolor, cansancio, pereza, algunos niños con bolsas en la mano y ojos rojos, demuestran que van drogados, tal vez es comprensible, buscar una salida de la realidad que viven.

Veo escuelas en la periferia, algunas son vagones, otras casas arrumbadas, el maestro se ve cansado, agobiado por no encontrar el método de enseñanza-aprendizaje para lograr el cambio de los diez humanos que tiene enfrente sentados.

Las entrañas de mi cuerpo se retuercen al ver las diferencias de la ciudad, al conocer sus partes, los pesares de sus habitantes, los problemas que tiene el que habita la casa grande con sus muebles solos, sus sonrisas silenciosas y su vida etiquetada; en un lado el pobre en su mísera a cinco minutos de lo que desea la casa grande con sus miles de cosas, el niño triste será mañana el delincuente que acribille en las calles solas.

Avanzo más y más hasta el lugar de la soledad, alguna mujer muestra sus encantos ofreciendo su cuerpo pensando que quiero algo, cae de espaldas un borracho, se ahoga en sus espasmos, grita un cantante mudo en la esquina pidiendo una moneda para volver a la cantina.

Camino, en estos lares, el lugar de las oportunidades, solo se ven autos con cabezas en otros mundos, deseando encontrar el sueño que en la niñez tuvieron, solo se ven las calles con sus nombres de personas importantes pintadas con el arte de la calle, una galería eterna gracias al grafiti en las calles muertas.

Me detengo le sonrió al viejo que ofrece un caramelo por un dinero, un “Dios te bendiga” por algo que sea comida.

Quiero llorar, terminar aquí mi camino, ya me canso esta ciudad…



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