Alberto Escobar

Sopor aeternus

 

 

Mi boca se quedó sin lengua cuando abrí la puerta.
El óxido recorrió mis venas hasta la extenuación.
Mi vista hizo de tripas corazón ante la presencia de 
un alma indefensa, que bullía bajo una manta azul.
La adormidera que pugnaba con confundirme no 
evitó que destapara a aquella criatura desnuda, que 
se debatía entre la vida y la muerte como un jabato.
Lo arrullé entre mis temblorosos brazos hasta casi
sucumbir ante semejante peso y lo fui relajando al 
son de mi palpitante corazón que asemejaba a aquel 
que chapoteaba en lo amniótico, corazón sin paradero.


No pude salvo acunarlo entre mis frías sábanas sin olor
a mujer, y alimentarlo de ínfulas y cogollos de mí mismo.
Al día siguiente, casi al alba, lo deposité en el umbral del
hospicio más cercano, sin sol como testigo para no ser
delatado ante Dios y sin la miseria de la claxonería diaria.
Sobre el camino de vuelta fui asaltado por un rosario de
dudas existenciales, todas fueron resueltas a trasmano
de lo conveniente en esos instantes.
A los pocos pasos noté como la suela de mis zapatos se
me llenaban de pasquines electorales que invocaban el 
cambio, cogí uno como con pinzas y encontré unas letras:
¡No esperes a que cambien los demás, cambia tú primero!
Continué el camino sin reflexionar sobre ello inclinándome
sobre la ventisca que se declaró como por ensalmo maldito.

Llegué a mi umbral tras cruzar un páramo de emociones
encontradas, recuperé el equilibrio mental y fisiológico y me 
dispuse a cumplir con mi diario cotidiano.
Con la hinchazón de estilo que me caracteriza discurrí entre 
letras que se hilvanaban al engrudo de la vivencia, me subí 
al altozano que mis escritores favoritos me reservan para mí
y lo relaté con el lirismo que me concedió la perspicacia.


Punto menos que brillante fue mi relación de hechos que
constelaron un día cualquiera como este, hice acopio de 
autoironía e intenté que Titivillus no me traicionara esta 
vez en la transcripción de estos sentimientos.
Antes de dar por concluída la página de hoy me dejé ver
por la cocina, el hambre empezaba a estragarme, y di buena
cuenta de las viandas ante una sucesión de estampas que 
mercadeaban con las vísceras cual dianas de púrpura.
Finalmente me digné a recoger mis despojos, me enconendé 
a mi melatonina que procurase el deseado sopor aeternus.

 

Hasta mañana.



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