Esteban Mario Couceyro

El Barón y sus creaciones Cronoteo y Destinomeo

Fueron esos días, los últimos del Barón Otto Von Schwarzen. Recluido desde hacía diez años, en el palacio de la familia situado en el sur de Austria.

 

El barón, erudito en distintas disciplinas, había llegado al desorden de su carácter, tras el último viaje al Tíbet. Desde allí trajo un sinnúmero de conocimientos del terreno de la mente y de su propia manera de pensar.

 

El ala oeste del palacio, estaba dedicada a su actividad científica, en los pasillos, se acumulaban máquinas e ingenios de dudosa utilidad, que a lo largo del tiempo habían acumulado polvos y residuos inevitables, pues el Barón no dejaba entrar en sus aposentos, a nadie, mucho menos al personal de servicio.

El mismo Barón, acumulaba descuido, andando por las enormes habitaciones, ocultándose de sí mismo con una máscara, con el pretexto que él mismo descubre, al ser testigo y ejecutor dualidad que otorga la máscara.

 

En la sala, por encima de una gran mesa, estaba el resultado de sus últimas investigaciones, dos cuerpos resucitados por la fuerza del pensamiento.

Les dio vida, a partir de la muerte, según él es necesario estar muerto para poder nacer, como una verdadera creación humana.

Una vez exaltado ante sí mismo, vociferaba frente al ventanal, diciendo que los nacidos del vientre de una mujer, no eran seres creados…, solo eran descendidos sin mayor posibilidad.

 

El Barón Otto, experimentó su teoría infructuosamente con animales, que fueron corrompiendo su materia sin lograr el nacimiento, según las pautas del experimento.

Con el tiempo y la acumulación de fracasos, quiso experimentar con humanos, en busca de material mas virtuoso que cerdos y perros.

Pero sus resultados siguieron corrompiéndose invariablemente, en la supuesta trasmutación entre la muerte y la resurrección, o sea la vida creada en la virtud de su pensamiento.

 

Los pasillos, fueron colosales infiernos de cadáveres corrompidos, colonias de insectos y alimañas, llegaron a formar el resultado de las investigaciones del Barón Otto Von Schwarzen.

 

Finalmente, el Barón comprendió la limitación de la carne, el material del que pretendía crear vida, se revelaba a la primitiva rutina animal, las hormonas, la configuración mecánica de los cuerpos, la cópula que hacía la alquimia misteriosa de la vida animal.

El amor, en esta posibilidad el Barón detenía su pensamiento. El amor daba vida, a la máquina animal. Creando en los seres nuevos el método de la continuidad…

Pero la individualidad, aleatoria hacía una sociedad de hormigas, pues el individuo con esa pequeña carga de egoísmo, veía a los demás, en un camino de autómatas de infinito designio. Sin comprender que él mismo iría a la cabeza de la columna.

 

El Barón Otto, pretendía un universo pequeño, con seres ideales, nacidos como engranajes de un reloj sin agujas, sin cuadrante. Una máquina infinita, que fuese su creación caprichosa, que compitiera en el mismo plano de la pesada realidad, que transformara el ala oeste del palacio, en un universo en pugna con la realidad.

 

Por eso, el Barón, había suspendido sus prácticas y experimentos, por abarcar un plano donde el pensamiento creativo fuese más dinámico en los resultados.

 

Su primer logro fue, Cronoteo, un ser desnudo de todo, menos de un báculo rematado en un reloj de arena, que nunca dejaba de caer, ni llenar el otro tiempo, de flaco cuerpo, no tenía ojos ni pensamientos.

Su misión, era marcar con trémula voz, que aún faltaba tiempo para el final.

La otra creación fue Destinomeo, un ser sin piernas surgido de una tinaja y coronado por una cesta.

Destinomeo, era para el Barón la representación del destino.

 

El destino, es un lisiado, con imposibilidad de huida y pensamientos desechados, vacíos de responsabilidad. En definitiva un orate cuyos pensamientos llegaron a los límites de su voz, como gotas de rocío en las arenas de un árido desierto.

Destinomeo, estaba colocado cerca del sillón del Barón, quién lo escuchaba como un oráculo, mientras Cronoteo, rítmicamente afirmaba que faltaba tiempo, a cada una de las metafóricas ideas de su compañero.

 

El Barón Otto Von Schwarzen. Había podido llegar al éxito de su ideal, la creación de la vida, desde la muerte…, su propia muerte.

 

Ante su ausencia, los sirvientes entraron al ala oeste del palacio.

Encontraron un gran desorden, la permanente pestilencia de cuerpos corrompidos, alimañas y podredumbre. En la sala, sentado en el sillón

los restos del barón, se flanqueaban en escena dantesca, dos cadáveres uno de enjuta flacura, momificado sin ojos, que aún sostenía un reloj de arena, roto sin tiempo. Al otro lado, emergiendo de una tinaja, otro cadáver desmembrado de piernas,con la cabeza cubierta por una cesta, de la descendía una rata chillona.

 

El Barón Otto Von Schwarzen. Fue sepultado con la pompa de su linaje, junto a los seres encontrados, en tierras cercanas al palacio.

Por las noches, se sabe, una rata chilla en custodia del mundo creado por el Barón.

 

Pocos años después, el palacio fue derruido por los bombardeos aliados, en la creencia que era utilizado por tropas nazis .

 

 

Comentarios2

  • Beatriz Blanca

    Una historia delirante, de mucha locura, que me llevó a pensar en el famoso Frankestein. ¡Qué imaginación, Esteban!
    Saludos saludables, sin nada de podredumbre.

    • Esteban Mario Couceyro

      La imaginación resulta ser un viaje a la realidad, a diario veo o escucho a personajes como los del cuento.
      Un saludo con lo mejor.
      Esteban

    • claudia07

      muy buen relato , gran imaginación , abrazos

      • Esteban Mario Couceyro

        Gracias por tus palabras, la imaginación es una cosmética de la realidad, la más de las veces.
        Un abrazo
        Esteban



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