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Biblioteca de Alejandría.

Primero el silencio,
los rugidos de auxilio,
el llanto de los niños,
las suplicas de los sabios.

Marchando los soldados,
arrancando el arte,
matando la ciudad,
buscando sin encontrar.

Rugen las paredes,
se levantan partículas del polvo,
penetran en la galería,
los ruidos se acercan,
las puertas retumban.

Sangre empieza a caer,
escurrir por los pasillos,
por la construcción de los antiguos;
algunos corren, escapan,
la mayoría cae,
otros levantan la mirada
esperando luchar por lo que aman.

Arde la exquisita ciudad,
las llamas comienzan a calcinar,
el atacante no sabe,
no comprende lo que hace,
que torpe, idiota, inútil ser pensante.

Huele al papel calcinado,
huela al papiro convertido en humo,
las partículas de ceniza recorren los pasillos,
esto se vuelve una pesadilla,
tal vez escrita por un futuro poeta o sabio.

¿Cómo rescato a estas voces del folio?
¿Qué hago con esta muerte de todos?

Necesito tiempo para pensar,
pero el laberinto de fuego
no me permite avanzar.

Rodeado me encuentro,
¿me salvo o muero?
Difícil situación,
pero prefiero morir con estos autores,
con los pensadores del pasado,
con los seres que no serán contados,  
a seguir vivo,
observando a los asesinos,
de la biblioteca de Alejandría,
¡malditos hombres sin pensamiento!
¡malditos ellos que me matan!
¡malditos por arrancar la historia y el saber!
¡malditos por dejar un hueco en el hombre!

Sé que nadie sabrá nada de mí,
que este viejo bibliotecario,
aprendiz de sabio,
poeta desvariado,
morirá en el olvido,
sin un nombre, sin un escrito.
Pero quedara el dolor,
la sed de querer volver,
la impotencia de no poder leer
las verdades perdidas en las llamas,
perdidas en la ignorancia.

La biblioteca de Alejandría será llorada.
Jamás será olvidada.



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