Frank Carlos

Rutina

La luz se posa en tus pupilas como el filo de navaja

brilla y traspasa el interior 

de mis muros revividos en tu paz de aurora,

después de la batalla siempre tu luz

al final del día cuando todo se sumerge en las tinieblas

prendes la hoguera de tu ser

y emerjo del caos y la rutina

y me sumerjo en tu mar en calma

en tu piel de luto y escarlata juntos

teñidos por la belleza ígnea de tus senos,

y los poseo entre mis manos ajadas

del lodo del día y la vida carmesí y de neón,

perturbadores ahora que se posa la luz

en las tinieblas y se tornan en niebla las ideas.

 

Se apaga la luz de los ojos callados

por cien montañas de nácar

y me sumerjo en otro mar

al compás de tu melancólica mansedumbre

siento tu piel lejana, diluida en el fondo

inmenso del universo navegando otra galaxia

como un vaquero inóspito en traje para el cosmos.

 

Inquieto en tu presencia, otra vez la luz

la sábana es un mar de fluidos inevitables,

ni las sombras apagan la mortal luz del día

ni el desmedido esfuerzo del viento en la sabana

empujando el calor de la tierra que hierve

y cuece como horno de carbón al hierro,

estás tu y es suficiente y te abrazo nuevamente

y te poseo extrañamente asido a la almohada,

cuando te hayas ido nuevamente al caos 

y al desarme del hogar, de la elocuencia de lo ignoto

del oropel y del oficio decadente de estos días.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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