Alberto Escobar

Sueño de Una Noche de Verano

Me senté en tu banco bajo el yugo
marmóreo del desánimo.
Sentí sobre mi piel cómo las gotas de rocío
descendían por mi desnuda manga con sabor
a súplica, trataban de proporcionarme la
frescura necesaria para afrontar esta herejía.

 

Experimenté de súbito cómo las comisuras
se me ensanchaban esbozando una sonrisa 
que semejaba una ventana rota.
Asimilaba, cuando despuntaba el alba, la razón
por la que me decidí a hacerlo, intuía que de
atreverme a decírselo recibiría como por ensalmo
el pláceme que la vida me guardaba en su
chistera.

Todo transcurrió como si un león que vislumbra su
ocaso se humilla ante el perdón del nuevo rey
indulgente y sabedor de su superioridad sin saltar
a la palestra.

Me sabía por momentos papagayo verde que Machado
conserva en una jaula de plata para recordarle, como 
las campanas de la iglesia, que solo se canta lo que se 
pierde, nada más, y lo demás son cantares de gesta.

Tras la digestión del desaguisado me digno levantarme
para ajustarme al paralaje terrestre y seguir el camino
dibujado en mi código de barras.
Recibo el martilleo de las eternas obras públicas que
aprovechan el estío y la ausencia del alma de la ciudad,
llorando el tropiezo sin que se me note.



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