Max Hernandez

Encuentro con la Princesa de las Tinieblas (1/3)


AVISO DE AUSENCIA DE Max Hernandez
Con poco tiempo disponible.

Esto que acá está escrito, es completamente producto de mi imaginación. Pido disculpas a aquellos a quien pueda herir, y de antemano, si no tienes una mente abierta, te sugiero que no continúes.

Aún no se cómo sucedió, pero al fin estábamos ahí, frente a frente, sentados alrededor de una mesa, algunas bebidas, no recuerdo qué, algunos bocadillos, solos, como debe de ser.

— ¿Me permite hacerle unas preguntas?
Me mira maliciosamente, cambia sus gestos en forma abrupta, pasando de ternura a insinuación, a pura tentación carnal sin ningún tapujo o reparo.
— Me haces sentir vieja, y vieja no soy. ¿Me podrías tutear?
Me ruborizo un poco, ante su fascinante presencia. Tomo valor, aspiro profundamente, y respondo:
— Ok, trataré. ¿Y cómo quieres que te llame?
— La pregunta es: ¿Cómo crees que me gustaría que me llames?

Me quedo confundido por unos instantes. No se me había ocurrido hasta ese momento si podría llamarla por su nombre, o por lo menos como supe que los demás la conocían, o por algún otro adjetivo que no pudiese ofenderla.
— ¿Señora?
Intento tímidamente. Me mira con unos ojos furiosos.
—-¿Su alteza? ¿Reina?
Ya no tan furiosa, pero algo condescendiente; cambia su mirada a cierto aire de enigma.  Entiendo la insinuación.
— Princesa.
Sonríe. Se nota que le hace gracia mi torpeza, el miedo y la admiración que su presencia causa en mi persona.

Acomoda coquetamente su abundante cabellera con una mano, dejando ver unos hombros magistralmente tallados y un cuello glorioso. Quedo ensimismado con la escena, y por unos momentos guardo silencio tratando de grabar en mi memoria tan fascinante cuadro. Me mira, ríe complacida, sabe que tiene poder absoluto sobre mis emociones y sobre mi voluntad.

— Empecemos entonces, Princesa. ¿Qué es lo que tienes que contarme?
— Ya lo sabes todo, acabo de ver en tu mente que todo lo que deberías saber ya está en esa cabecita despistada.
— Pero aún así, me gustaría oírlo de tus propios labios (que a propósito son una magistral oda a la sensualidad y a la lujuria, pienso para mis adentros, lo cual te hace gracia, pues sabes todos mis pensamientos).
— Muy bien. Pero no te aburras.
— No será necesario, pues tienes todos mis sentidos puestos en ti.

Ríe sonoramente, con una carcajada que contagia, como una adolescente que ha cometido una travesura.

Es terriblemente bella, con una mirada que apasiona a cualquiera, un rostro angelical, con líneas suaves y bien definidas, aparenta la edad de una adolescente que apenas a dejado de ser niña, pero sus gestos son tan lascivos y provocadores, que despiertan en cualquiera los mas bajos y carnales instintos. Además su desnudez es tentadora. Deja notar que es toda una experta, pero también hace sentir que es casi una niña.

— Cuéntame todo, desde el principio.
— Eres un poco impaciente, mi torpe poeta. No importa, ahí te va la historia, que ya muchos conocen, pero que pocos la aceptan.

«Nací en una cuna hermosa, siendo mis padres los creadores de todo lo que ves y de lo que te imaginas. Me crearon a mi y a mi hermano, poniendo en nosotros todo el amor y toda la sabiduría que nuestros padres jamás habían tenido. Vi crecer los ríos, los árboles inmensos, vi formarse el infinito océano, ayudé a mis padres a colocar una a una todas las estrellas del firmamento. A nuestro lado fueron creados todos los ángeles, encargados ellos de ayudarnos a completar las tareas inmensas de la creación. Mi madre y mi padre, nos contemplaban felices, sabiendo que, lo que habían forjado con sus poderosas manos, sería eterno e indestructible».

Mientras va hablando, pone énfasis en cada vocablo, como que si quisiera estar segura, que mi pequeño cerebro no omita alguna de las partes importantes de su relato. No dejo de admirarla, pues es realmente hermosa, digna de ser llamada diosa, aunque ella quiera que la trate como princesa.

— ¿Te aburro, poeta?
— No princesa, no me aburres en absoluto. Pero debes entender que a pesar de todo, soy de carne y hueso, y no estoy libre de pecado, sobre todo el de la tentación y el de la lujuria.
— ¿Crees que te induzco a pensamientos pecaminosos?

Dice esto mientras con un movimiento sensual, acerca su bello rostro al mío, y me ofrece sus carnosos labios en un volcán de lujuria y deseo. Mi respiración se hace jadeante, mi pulso alocado hace que mi cuerpo se enerve, mis manos temblorosas y mis ojos entrecerrados demuestran que estoy al borde nuevamente del abismo.

......

La calma a vuelto. Nuevamente estamos sentados frente a frente. Aún unas gotas de sudor frío bañan mi frente, mis manos ya no tiemblan, mi voz nuevamente es firme. Ella, como siempre, con su aire de niña juguetona y su mirada coqueta, mira hacia mi lado, y pregunta, como si nada hubiera pasado:

— ¿Donde nos quedamos?
— Recién habíamos empezado el relato— digo con algo de desgano.
— ¿Y no te divierte acaso? —Pregunta nuevamente, inclinando su cabeza hacia un lado.
— Me divierte sobremanera, pero si no continuamos, no habrá fin alguno a esta historia.
— ¿Importa eso, acaso?—Nuevamente su mirada picara y coqueta.
— ¡Por favor! —Casi grito— Continuemos por favor... Es casi una súplica, la que hago.
— Muy bien, poeta, pero no te enojes. Aunque, te ves gracioso con el ceño fruncido, y con tus manos jalando los pocos pelos que adornan tu cabeza. Entonces, sigamos:

«Inicialmente fueron los ángeles los que poblaron la tierra, y ellos se encargaron de cuidar de todos los animales, las plantas, los mares y montañas. Y todo iba a la perfección. Pasaron muchos siglos en esta vida armoniosa, y el mundo era un lugar de ensueño y de alegría. Pero llegó el momento en el que los ángeles deberían de regresar al lado de nuestros padres, pues había que construir mas lugares como este hermoso planeta. Y sucedió lo impensable: un pequeño grupo de ellos decidió quedarse, no quisieron regresar. Pidieron a nuestros padres quedarse, argumentando que habían muchos seres maravillosos a quienes cuidar, y muchos otros más, que no se deberían abandonar, pues podrían ser deteriorados, o incluso lastimados».

Suspira profundamente, un velo de tristeza invade su rostro. Hay un recuerdo que parece lastimarla, pero se recompone rápidamente, y con una sonrisa sarcástica continúa su relato:

«Fue Madre quien vino a buscarlos, para ver que es lo que estaba pasando, qué es lo que los tenía atados a este lugar, que con tanto amor habíamos creado. Pero ella, apenas hubo llegado, fue engullida por la tierra y por la naturaleza completa. No entendíamos el por qué esto estaba sucediendo, así que, con mi amado hermano, inmediatamente volamos en dirección a este lugar. Él, con su mayor ímpetu y vehemencia, llegó primero y, al tocar la tierra, quedó paralizado. A mí me sujetaron unas poderosas manos antes de que me sucediera lo mismo, y los ángeles que habían quedado atrapados, me mantuvieron a salvo. No pude hacer nada, pues mi padre también había sido tragado por la tierra; aunque algo de él, de su divina esencia paternal, había dejado dentro de mi hermano».

Ahora veo un esbozo de melancolía en sus facciones. No puedo creerlo, a esta diosa de pasión y lujuria, a este ser mítico de desenfreno y engaños, a este ser inmortal, la pena la ha atacado. Tiene los ojos mirando al infinito, con una gran incógnita dibujada en la mirada. Pasan unos segundos, minutos, horas, días, años, siglos, no lo se, antes de que cambie su postura y continúe el relato, como si nada hubiera pasado.

«Mi pobre hermano olvidó absolutamente todo, y se convirtió en uno de los seres más que poblaban el planeta; solo que, a diferencia de los demás animales, él estaba solo. Apenas podía escuchar las voces de los ángeles y de nuestros padres dentro de su cabeza. A él le parecía que todo era producto de su imaginación, y empezó a hablar con todos los animales, pero ninguno podía entenderlo. Perdió sus modales, su forma de comportarse, y hasta su forma de hablar se volvió violenta. Mis Padres, atrapados dentro de la tierra, me ordenaron que regrese, que los ángeles me llevarían a casa, y que ellos verían la forma de solucionar este problema. No quise, no podía dejarlos ahí, pues no podría desde allá, desde casa, regresar nunca, y quizá no podría verlos jamás».

Continuará...



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