Arsenio Uscanga

La playa.

¿En qué piensas? - Lanzaba las palabras con una voz amildonada que te acariciaba con solo escucharla. Esta poseía a menudo un dejo de incertidumbre provocado por el hecho de que la observará de manera casi religiosa.

Y entonces tendría que abstraerme de mis observaciones, de la manera en que su cabello castaño caía sobre aquellos hombros que eran el paraíso para este hombre después de un largo día. Porque honestamente estando a su lado, todo lo malo expiraba, perdía valor en mi vida, y solo podía mirarla, juro que podía mirarla por días, meses o vidas, sin dejar jamás de apreciar la belleza que emanaba.
-Nada- mentía, en una morisqueta que ella seguramente tenía descubierta desde antes de su nacimiento. -Es solo que me parece una estupidez que el alcalde pretenda destronchar toda la Avenida Victoria con argumentos estúpidos.
Preambulo de aquello invaluable, entrábamos en un coloquio sobre política, religión, la vida, el arte, la danza, el sexo, la reencarnación y nuestros labios hablando por nosotros, como pidiendo disculpas cuando las grescas se salían de control, los besos que siempre nos dimos para zanjar cualquier marca a nuestro orgulloso carácter.

La conocí en un verano atípico, huracanado, con ráfagas de vientos gélidos que nos legaron unas temperaturas excepcionalmente bajas para una urbe acostumbrada a la humedad y una canícula eterna. En una de esas numeradas tardes en las que el tiempo se comportó afín a la naturaleza que le era natural me surgió la inquietud de asistir a la Galería Las Minervas, algún joven prospecto exponía sus bocetos más destacados. Admito que incluso pese a no ser ferviente seguidor del arte y por ello no pretendiendo comportarme como juez o verdugo del mismo, desde el primer hasta el último cuadro me parecieron insulsos, aborrecibles, un abigarrado de ideas desesperantes, me pareció un aberrante insulto la exposición que se asemejaba a un crío jugando con los pinceles y el óleo.
Pronto a abandonar la exhibición, hizo su entrada triunfal la obra de arte más bella que han visto mis ojos en vida, una escultura perfecta, allá donde debía sobrar el ampo del mármol le adornaba una piel canela soberbia, cubierta por una camisa blanca que parecía desleírse con su existencia por si fuera poco, esa falda dejaba al descubierto y resaltaba un soberbio trasero, andaba con la seguridad de aquellas obras que se saben esculpidas por alfareros supremos, y de pronto, me descubrió embelesado mirándole, jamás voy a olvidar aquella sonrisa torcida que me dirigió, tenía un efecto analgésico que me curo quién sabe qué chingado dolor... pero le dio alivio.
Entonces, supe que era arte.

Le perseguí por cada pasillo de aquella exposición, observando como sus ojos apiñonados se detenían y escudriñaban cada lienzo, y era como si se plasmará en ellos, porque evidentemente, los colores tomaban matices fulgurantes y metálicos, sobresalían y se elevaban después de someterse a su encantadora presencia, y entonces, el verde que antes me había parecido insípido, ahora me recordaba las altas montañas de Lújame, acompañadas de su clima frío y el delicioso café que se allí se cultiva.
Preso de una indecisión que sospecho me fue entregada de nacimiento, transcurrí una galera tras otra pisando los mismos sitios que ella había adornado con su presencia, acariciando el suelo con las botas de cuero negro cada sitio en ella se posó, como si cada pisada, fuera una caricia que le brindaba, mirando las mismas obras insípidas que ahora me parecían verdaderas joyas, dignas del Louvre, finalmente, cuando él desazón de sentir que al abandonar aquel edificio de paredes color salmón le perdería para siempre, entré en la disyuntiva de tocarle el hombro y hablar, no sabía sobre qué tema.
- "Ya se te ocurrirá alguno -pensé-, así tenga que inventarme cualquier estupidez."
No podía sopesar el perderla esa tarde teniéndola a mi pleno alcance, por cobardía, para después rogarle a un Dios que jamás atiende mis súplicas, por otra bella casualidad le pusiera en mi camino, en aquella ciudad colosal. Finalmente, cuando se detuvo a mirar un lienzo que se asemejaba a un enorme torbellino azul, acerqué mi humanidad hasta su seráfica presencia, ella me miró con el rabillo del ojo, pero inmediatamente posó sus ojos en el azulado bosquejo, era como si esperara algo proveniente de mí, un acto de valentía.
-¿Será acaso qué aguarda algo de mí? -repetía una y otra vez la incógnita para mis adentros, mientras buscaba las palabras adecuadas para iniciar la conversación- ¿Acaso espera que toque a la puerta de su presencia, para inmediatamente corresponderme?

Un guiño suyo cargado de desdén pulverizó mis ilusiones, las mandó a tres pies bajo el suelo, les quemo las alas como lo hacen las lámparas de queroseno con las polillas curiosas que acuden a posarse sobre ellas, sin embargo, allí entre el hollín de las alas chamuscadas, la ilusión seguía viva y dispuesta a jugarse el restante vigor.

- ¿Qué opinión le merece este cuadro? -solté de golpe las palabras para que el nerviosismo no me hiciera una mala jugarreta. Justo en el momento que dispuso a detenerse para observar un cuadro triste y con bordes que se teñían de muerte.
Sobresaltada por mi repentino entusiasmo, tomó de manera refinada el aire que había perdido a causa del espanto, sonrió, y pude notar que en sus hermosos pómulos se asomaba el color alegre de los chabacanos maduros, y allí al final de las comisuras de los labios, aquellos pequeños hoyuelos que me parecían las comas más bonitas que leído, y pude notar que arriba de los ojos, unas pestañas preciosas te regalaban un encantador saludo cada vez que parpadeaban, ¿o sería acaso una despedida?, finalmente, cuando hubo retomado el control de la situación, me dirigió su respuesta con parsimoniosa voz.
- Me parece que le ha tomado demasiado tiempo tomar valor para dirigirme la palabra -al terminar la oración, su voz estaba inundada de coquetería.
- Lo siento, lamento en verdad la demora -la voz, mi energía y mi actitud habían adquirido una seguridad natural, similar a aquella que proviene de conocer a alguien de antaño - Solo no hallaba el modo de acercarme a alguien como tú.

Sonrío con esa luz que te irradia todo, como si de un momento a otro, yo hubiera dejado de ser una persona y me hubiera convertido en un globo de Cantoya, elevándome sobre las tejas del museo, y ella en mi centro, aparecía iluminándome.

-Tienes suerte, justo hoy inauguraron el Café Herrer -su voz poseía ahora un dejo de dulzura con sabor aguamiel, un toque de complicidad -podrías acompañarme, y juntos, compartir un café esta tarde.


Considero innecesario aclarar que acepté sus intensiones de manera expresa. Apenas salimos de la Galería emprendimos el camino al sitio que en el futuro y para siempre sería nuestro recinto sagrado, caminamos en silencio a veces, otras, ella se adelantaba mientras yo admiraba su grácil andar, platicábamos de los sucesos y personas que veíamos durante nuestra marcha, así, cruzamos el Parque Central, subimos por Isabel Allende, para después detenernos a observar el jugueteo de dos infantes con un canino de un negro azabache en la fuente de Afrodita, finalmente, llegar a Neruda entre la Cuatro y la Seis, la cafetería resultó un edificio cuya imagen pretendía imitar las boulangeríes francesas.
Esa tarde pretendimos hablar de esas cosas que son elementales para que la confianza germine y cimbre en dos desconocidos, la intención de abandonar ese estado o permanecer en él. Y dejarlo todo para un después. Pero, con el pasar de los minutos se fueron añadiendo risas, anécdotas, una dosis de miradas colmadas de afecto, los centímetros que separaban su existencia de la mía fueron reducidos de a poco, las manos que se buscaban desde vidas pasadas se encontraron, y los besos de medialuna que se quedaban irrumpidos por la risa nerviosa, se convirtieron en ósculos infinitos...
- ¿Por qué tiemblas? -exclamó mientras besaba mi nariz, sumergiéndose después en una carcajada sonora - ¡Estabas temblando al besarme, pude sentirlo!
Callado, le besé la frente, admitiendo el delito que acusaba y la acurruque en mis brazos. Ciertamente, aunque estar a su lado me traía una paz duradera, besarle era vibrar contra el paredón que se interponía entre sentir y existir.
Así entró en mi vida, de manera improvisada, sin planes o vacilaciones, una mañana preparo el desayuno, una tarde después de pasear en tranvía por el bulevar organizó una fiesta de té para dos, y finalmente, una noche después de cenar en casa, resolvió quedarse a dormir para no irse de mí. Así, aquel viejo departamento con paredes descascaradas tomó de pronto la apariencia de un hogar, en los anaqueles vacíos no quedaba espacio para un tomo más, el destartalado mueble café fue pronto invadido por prendas de mil colores, había siempre sobre la estufa un cariño incandescente, y allá, la vida se me minó de besos improvisados, de pláticas bajo la plateada luna, de confesiones matinales, y demostraciones de afecto de envidiable espontaneidad.

La Infanta entró a mi vida como los huracanes entran a las ciudades costeras; dio señales del porvenir, y finalmente, una tarde de agosto entró a mi glorioso puerto acometido por la sequía, de afecto, de besos, de una buena mujer, que evidentemente ella era. Y entonces, en la unión comulgada bajo esas cuatro paredes, le descubrí en cada costillar una terraza acompañada de sus lunas, para pasar las noches, y en su cadera descubrí la costa a la que habría de aferrarme los domingos de pereza, y en la orilla de la cama casi al borde del precipicio, tomado de su mano me ayudaría para salir a comprar algún vino barato y disfrutarlo con bocadillos y prosciutto.
A veces cuando el ocio le sometía, organizaba peleas sin sentido, se arrojaba valientemente y debatía por cualquier minucia, tratando de retar mi carácter condescendiente, me gritaba con intención de no hacerlo, tiraba de mi brazo de manera enérgica, yo seguía el juego hasta que me percataba de la manera en la que sus mejillas se encendían y la manera en que su nariz se fruncía y entonces arrojaba sin pensarlo alguna frase espontánea: -Si vieras cómo se iluminan tus mejillas cuando haces corajes -le decía mirándola con toda la afabilidad que tenía cabida en mi alma. -Si vieras que te amo, de manera completa.

Y ella sonreía, colocaba el mechón de su cabello que había salido de lugar y suavemente me reclamaba:
-¡Oye, estamos discutiendo! ¿Sabes que en una discusión no puedes decir eso? - hablaba como un niño pequeño al cual descubren en una travesura pequeña.

Y entonces nos besábamos y ese asunto de la batalla ficticia quedaba zanjado.

Alguna vez discutimos de manera fuerte por los mismos motivos, recuerdo salir de casa, grite que no podíamos seguir así: discutiendo por estupideces.
Al volver a casa, noté su maquillaje corrido por las lágrimas que escurrieron por su suave rostro, se adelantó para besarme e intentar disculparse, pero la interrumpí.

-Te he traído flores- exclamé, mientras enjugaba las lágrimas que brotaban de sus ojos diáfanos -tenemos que resolver ese afán tuyo de levantarte liosa.

Le besé como si hubiera de por medio diez años de ausencia, entramos a la casa e hicimos el amor...

 



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