Dialec

En un funeral la encontré

 

Y volvió, hacia mi...

 

La vi muerta, creí verla muerta. Fui muchas veces a buscarla en los rincones de mi habitación , en la silla de mis lecturas, en cualquier sitio que arrojara rastros de ella. Pero no, fue un fracaso. Investigue como sabueso policial para dar con su paradero, fallé una y otra vez. Una noche fría y solitaria pensaba profundamente en ella, justo en ese instante caí en un abismo sin dimensiones, era incalculable, tenía aspecto de esos hoyos negros que se tragan galaxias. De pronto al horizonte se avecinaba una forma geométrica, era como rectangular, cuadrada, pero no, terminó siendo un escenario teatral. Colgaba sobre éste un telón rojo, el suelo era de madera desgastada y envejecida, los costados se adornaban con artesanía gótica de un tono plateado pobre en brillo. Luego inmediatamente, un sujeto con aspecto de lápiz se acercó a mi, me invito a subir unas escaleras azules, sí, como las líneas de un cuaderno. Al llegar al último escalón observe a seis personajes con una tipología antropomórfica; no eran humanos. Éstos estaban alrededor de una urna blanca, era impresionante la forma que ésta resplandecía como una estrella que brilla en la lejanía del cosmos. Perplejo, no creía en la atmósfera tan extraña en la que me encontraba. El sujeto con forma de lápiz me comentó que esos seis individuos estaban rindiendo honores a la muerta, pregunté ¿Cual muerta? El sujeto desapareció. Angustiado y crispado por los nervios no sabia que hacer, así que respire profundo y tome valor, decidí acercarme al féretro. Y la vi, era ella, esa que estuve buscando durante muchas noches. Mis lágrimas caían como cataratas, era impresionante lo que mi pobre pecho sentía. Acudí a mirarla de cerca, quería dibujar su rostro en mi memoria para nunca olvidarla. Fue allí cuando en un instante abrió los ojos, eran negros, vacíos e infinitos como el espacio. Naturalmente reaccioné dando un salto hacia atrás, tropezando con unos de los personajes misteriosos que la rodeaban, ahí justamente en ese segundo observe sus nombres dibujados en sus pechos, no poseían rostro. Uno de ellos se levantó; se llamaba Inspiración. El segundo a su derecha hizo lo mismo y así los otros cuatro restantes. Eran: Amor, Odio, Felicidad y Tristeza. Un último que era el más extraño tenía por nombre Soledad.

En un momento todo se oscureció por completo, solo la caja de madera donde yacía mi amada podía apreciarse. Volvió la luz, en el entorno empezaron a girar círculos de colores, extraordinarios colores tenues, mi mirada estaba extasiada. El teatro se esfumó. Seguido esto, sentí en mi espalda una muñeca cálida, gire sin ningún asombro. ¡Si! Grite, eres tu, donde andabas, te creí muerta. Me dijo con voz suave y sin ningún esfuerzo de inflexión , que ella nunca muere, que solo descansa y desaparece cuando el tiempo y las circunstancias así lo requieren. Que no se manda sola y que obedece a las cosas mas épicas que un humano puede crear. Acudió a abrazarme y los dos caímos en aquel espectro de colores. Era ella, mi amante, mi musa; la Poesía.

 

Wiston Llovera

 

 



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