Samuel Santana

Un hombre

Conocí a un hombre de alma

inigualable y muy considerada.

Sus pensamientos e

intenciones eran puros como

la blancura de los cielos en

pleno verano.

Jugaba con el viento y sonreía

a los pájaros con el rostro de

un niño alegre, manso y humilde.

En sus manos llevaba el bien,

la compasión y el amor

por los demás.

Sembraba flores y caminaba con

los débiles por los senderos

del sufrimiento.

Trabajó siempre de sol a sol.

Nunca probó el pan sin el

precio del sudor.

En los tiempos oscuros,

su casa sufría los embates

de las lluvias y los

relámpagos desoladores.

Para llegar a su puerta debía

batirse entre el cieno y la mugre.

Su entorno, habitado siempre

por los perros tristes,

fue el abandono de quienes

lo prometieron todo pero que

nunca hicieron nada.

Cuando enfermó,

vagaba por los caminos

sustentado en un rústico bastón

y mirando los senderos como

si ya no quedara esperanza  para

él y el mundo.

No conoció la ambición,

la hipocresía y, mucho menos,

la injusticia.

Aunque fue ciudadano ejemplar,

lo condenaron a la privacidad

de la vida tal como Dios manda.

En su día a día lo sustentó

la Providencia.

Sin palabras en mi boca,

yo asistí a su funeral.

Fue una humilde tumba

arropada de maleza y compuesta

por un polvo amarillento

saturado de otros muertos.

Dentro del ataúd,

el de más estrechez entre todos,

fue la primera vez que se vio

sin el ropaje del explotado obrero.

Esa tarde,

todo hubo que hacerlo a prisa.

Nubes amenazantes enviaron

un viento frio y las hojas

corrían desesperadas.

Sobre el lomo de una deslustrada

cruz blanca,

un apellido sin importancia y una

fecha llena de pesares.  

Yo vi que murió triste,

solitario y muy abandonado.



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