Alberto Escobar

Sentado al Fuego...

 

 

Anoche me senté al fuego del hogar. 
Mi corazón necesitaba fundirse 
sobre mi pecho y mancharlo de 
sangre para así decidirme a lavar 
todas las pieles que se sucedían
para proteger mi dolor.

Me acordé de ti, Manuela, cuando
me decías que no podías concebir 
una vida sin mí. 
Me acordé de ti, Esperanza, cuando
lloraste mi ausencia pensando que 
fuese definitiva.
Y también me acordé de ti, Azucena...,
cuánto te echo de menos...
Fuiste mi última esperanza de vencer 
la soledad y el páramo infinito.

La Pampa me viene a ver cada noche
para recordarme que tras el desierto
cobra vida un sinfín helado que se
hace continente y contenido sin
necesidad de agotarse en el braceo
por que es estrecho y profundo.

Esta noche me sentaré de nuevo al 
fuego de un hogar helado.

Helado no por falta de leña, que hay 
y de sobra, sino por falta de chispa y 
de pedernal que encandile un roce,
o dos si es posible.

He oído en la lejanía que la palabra
amor se escribe con mano trémula y
se pronuncia con el corazón y los
ojos muy abiertos.

Mañana me volveré a sentar al fuego
al caer la tarde para hacer balance,
cerrar mi contabilidad de triunfos
y fracasos y llevar mañana los libros,
por la mañana temprano, al registro
sentimental, para que sean sellados y
validados.

Espero no tener que pagar multa 
administrativa, por esta vez...



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